Lengua
Por José Jiménez Lozano
Un poco por todas partes, pero esencialmente en la zona llana de la meseta, el viajero más descuidado tiene que quedarse algo sorprendido al ver en los pueblos más grandecitos, sobre todo por los que pasan, construcciones «jeffersonianas»; es decir, de ese «clasicismo» un tanto o un mucho pretencioso con que Thomas Jefferson sembró sobre todo el sur de los Estados Unidos. En resumidas cuentas, el frontis triangular sostenido por poderosas columnas. ¿Qué puede haber ocurrido, si por aquí, además, no hay plantaciones de algodón ni gentes de color que «hagan juego» con esas edificaciones?
Pero el hecho es que por el territorio nacional proliferan, no ya los «Arthur» o los «Robert», sino los «Jonathan», las «Abigail», y un largo etcétera de nombres del Antiguo Testamento que los puritanos ponían a sus hijos; y tampoco es que el país se haya convertido al calvinismo precisamente. En uno y otro caso, ante estas momentáneas extrañezas, la respuesta es muy simple: vía cine y televisión es como han llegado todas esas cosas hasta nosotros y, por lo visto, nos han fascinado.
En adelante, creo yo que se va a tener que ser muy «tercermundista» para hacer una casa con tapiales enjalbegados y entrepaños de ladrillo, y para poner a unos niños Carmen o Sebastián. O, por el contrario, ser un verdadero anticomunista, casi un radical, y parece que nos hemos contagiado del horror hacia esas cosas. Son los tiempos. Y está claro que éstos no son ya los de los Julios, Publios y Césares, Sócrates, Aristóbulos. No había por qué andar disimulando con esos nombres. Los viejos nombres bíblicos pasados por la pantalla ya no significan nada, por lo demás, son algo neutro y perfectamente higiénico. Esto es todo.