CULTURA Y TRADICIONES
Por Marisa Freire
Su muerte llevaba diez días en la portada de los periódicos: José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros de España, había sido asesinado el día 12 de noviembre de 1912 por Manuel Pardiñas mientras contemplaba, en una librería de la Puerta del Sol, un mapa de la Primera Guerra Balcánica. De estos dos hechos, el enfrentamiento bélico y el magnicidio, daba cuenta el Diario Español de São Paulo un 23 de noviembre de 1912; pero no del cortometraje Asesinato y entierro de don José Canalejas, que esos días estaban dirigiendo Enrique Blanco y Adelardo Fernández Arias, donde un joven José Isbert interpretaba al anarquista, muerto y resucitado por despiste en una esquina de la pantalla.
Ese mismo día, se anunciaba a bombo y platillo un milagroso elixir que curaba la sífilis; y se informaba de la reorganización del partido carlista; y llegaban ecos de otra guerra más al este aún, la que enfrentaba a China y Rusia; y misteriosamente se dejaban caer algunas pistas sobre cierto robo audaz cometido en Génova, Italia.
Pero eso no era todo; en un rincón del periódico se podía leer la triste noticia de un impostor enamorado:
Sargento «ful»
Ha ingresado en las prisiones militares de Pontevedra el tambor licenciado del regimiento de Zaragoza, José Pérez Antolín.
Recorría este, desde hace días, las calles de Pontevedra, luciendo el uniforme de sargento.
A la vez requería de amores a una linda muchacha, a la cual decía que había sido «gran héroe» en la campaña de Melilla, refiriéndole numerosas hazañas.
También hacía creer a dicha joven y a cuantos querían oírle que estaba en posesión de varias condecoraciones por méritos de guerra.
El detenido confesó que no era sargento.
Se cree que se trata de un pobre demente.
Es divertido el titular de la noticia. «Ful», voz de germanía, no entró en el DRAE hasta 1927 como ‘falso, fallido’, pero ya la mencionaba Rafael Salillas, con esta primera acepción, en El delincuente español: el lenguaje…, de 1896; de modo que el redactor del Diario español recoge un término cuyo uso no debía de estar muy generalizado aún («Alberti, revolucionario ful, se ha ido a Alemania a estudiar el teatro social», dice Pedro Salinas en una carta de 1931, ejemplo más antiguo que veo en el CORDE), pero que sin duda se reconocía ya en la época.
Por lo demás, triste y aleccionadora es la historia de Pérez Antolín, encarcelado, se entiende, por sustracción de traje de faena, ya que si fuera delito lo otro, exagerar por amor o vanidad, muy poca gente quedaría suelta por la calle. En todo caso, el relato no carece de puntos oscuros:
Para empezar, resulta paradójico a la manera ateniense que alguien ya licenciado, esto es, libre de sus funciones militares, sea ingresado en una prisión militar y no en una civil. Por decirlo de otro modo: si lo han detenido porque no era sargento, ¿por qué lo detienen como sargento?
Pero no solo eso. Un demente es un ‘loco, falto de juicio’; nada que ver con Pérez Antolín, que, siempre juicioso, se ha inventado una historia primero y la ha sabido desmentir después. Falsario, embustero; pero no demente, y mucho menos pobre demente. Si acaso, impostor de cortas miras, pues podría haberse hecho pasar por capitán. Aunque para ello, claro, le habría hecho falta otro traje.
¿Quién denunció a Pérez Antolín? Probablemente haya que buscar en el entorno de la linda muchacha: su padre, su hermano, un pretendiente, otro sargento. Alguien sin alma.
Tambor mayor. En los tercios y en los antiguos regimientos, el encargado de la instrucción y distribución de los tambores. Llevaba un largo bastón terminado en porra con el que fantaseaba aparatosamente. En la actualidad está reemplazado por el maestro de banda de tambores y cornetas.
(DRAE, 1984)