LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
En las películas del oeste que veíamos en nuestra infancia los indios solían expresarse en una lengua rudimentaria, uno de cuyos rasgos más destacados era la desaparición, en los verbos, tanto de las personas gramaticales como de los tiempos, de manera que aquellos quedaban reducidos a simples infinitivos. Así, cuando el portavoz de la tribu lograba comunicarse con los blancos les decía cosas como esta: «Nosotros no querer guerra»; «Gran Jefe fumar pipa de la paz con hombre blanco»; etc.
Es sabido que la lengua española actual de muchos ‘comunicadores’ brinda un fenómeno bastante parecido a ese en el empleo de lo que Manuel Seco propuso llamar, ya en la 9.ª edición de su Diccionario de dudas y dificultades… (1986), «infinitivo introductor». Se diferencia del infinitivo —llamémoslo así— sioux en que el verbo no va precedido de un sujeto, pues se entiende que ese papel lo desempeña siempre el propio hablante. Seco detectaba este uso «por lo menos desde 1980» y lo consideraba propio de locutores de radio y televisión y presentadores de actos públicos, aunque también podía encontrarse ya en periodistas e incluso en profesores y escritores. El fenómeno se produce con verbos de los llamados ‘de lengua’, y el infinitivo sirve para introducir inmediatamente una subordinada con que, u otro complemento. Los ejemplos que Seco citaba, tomándolos de emisiones radiofónicas de 1980, eran idénticos a los que hoy podemos escuchar a todas horas: «Ya en la información internacional, destacar que el Parlamento iraní ha anulado hoy el mandato…»; «Añadir, ya para terminar, que el ministro del Interior comparecerá…». Pero también había documentado ejemplos escritos, como alguno del diario Ya («Finalmente, señalar que, en lo que toca a la cría en granjas y parques estatales…») y hasta de una revista profesional de lingüística («Por lo que respecta a descafilador, solo señalar que es una palabra que no aparece en el DRAE»), todos ellos, insisto, fechados en el año dicho, 1980.
Las razones que había entonces y sigue habiendo ahora para rechazar este tipo de construcciones van más allá de su mera consideración como ‘nuevas’; o, lo que es lo mismo, deben rebasar el nivel de un elemental purismo misoneísta. Se trata de recordar que los actos comunicativos en los que tal construcción reiteradamente aparece no pueden sustraerse a ciertas exigencias mínimas de la formalidad gramatical, como aquella que dicta la presencia necesaria de un verbo en forma personal en una oración principal, verbo que, naturalmente, podrá ser, él sí, el introductor de la correspondiente proposición subordinada con que o bien de un infinitivo, que, entonces sí, por su parte la introduzca. Han sido la pereza expresiva o una intervención desmedida del principio de economía, o ambas, las que han llevado a la sustitución de señalemos que… por señalar que…, querría añadir que... por añadir que…, hemos de destacar que… por destacar que…, conviene decir que… por decir que…, etcétera. Un extraño afán literalmente des-personalizador alienta tras de esos infinitivos sin anclaje gramatical alguno.
Otros varios autores han condenado tal uso, y recientemente la Nueva gramática de la lengua española de la Academia insiste en descalificarlo: «Se recomienda evitar el uso del infinitivo independiente con los verbos decir, indicar, señalar y otros similares». Realmente, bien poco es lo que puede añadirse hoy a lo que Seco señaló hace un cuarto de siglo. Solo podemos constatar que el fenómeno sigue adelante, que crece imparable; y si realmente no hay quien lo pare, nos queda al menos la posibilidad de recomendar con insistencia a quienes quieran seguir siendo cuidadosos en su modo de expresarse oralmente y por escrito que no sucumban a la cojera gramatical que la construcción delata. Hoy día la escuchamos no solo en el momento en que encendemos la radio o la televisión, sino también cuando en cualquier acto alguien se ve con un micrófono delante. Ha llegado a los textos redactados por nuestros alumnos (un ejemplo real: «Para concluir, decir que las corridas de toros son la esencia de España…»), lo que no ha de extrañarnos, toda vez que la emplean también sus profesores (otro ejemplo, también real: «Simplemente recordaros que la asignación oficial de aulas es la que aparece en la página de horarios de la facultad»).
Un detalle acaso interesante, que no he visto señalado, es que los infinitivos de que hablamos, tanto si van al principio como al final de una alocución o un escrito —o en mitad de ellos, pues de hecho pueden aparecer en cualquier momento, y hay intervenciones que los encadenan sin recato—, van casi siempre acompañados —frecuentemente precedidos— de un marcador de carácter adverbial que parece servirles de apoyo, mitigando un poco la brusquedad que, de lo contrario, tendría la irrupción del infinitivo. Repárese en la presencia reiterada de ese complemento: «En primer lugar, agradecer…»; «En el archipiélago canario, señalar la presencia de una borrasca…»; «Destacar por último que…»; «Simplemente recordarles…». De ahí que pegara yo un respingo hace unos días al leer una carta que cierto lector dirigía al suplemento semanal de un periódico. La carta era muy breve y puedo por ello transcribirla aquí completa, de principio a fin; lo que decía era, sencilla y abruptamente, sin apoyaturas adverbiales de ningún tipo, lo siguiente:
Darles las gracias y desearles que sigan esa interesante línea de trabajo que hace que muchos seamos impenitentes y entusiastas seguidores desde hace mucho tiempo; entre los cuales, por supuesto, me cuento.
Ya se sabe que cuanto más breve sea una carta al director más posibilidades tiene de ser publicada. Pero el agradecido y lacónico epistológrafo no hubiera corrido gran peligro de que rechazaran la suya —ni de que pudieran confundirle con un piel roja— si tan solo hubiera antepuesto a los dos infinitivos un simplicísimo verbo en forma personal: «Quiero darles las gracias y desearles…». Así de fácil.