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Lunes, 5 de noviembre de 2012

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (XIX). Aquel directo de Amor

Por Alba Bergua Muntoner

«Vos vas a ser como Pavarotti, querido», dice que le predijeron una vez. Entonces el joven Rafael se vino arriba. «¿Ah, sí? ¿De buen cantor?», sonrió confiado. «No, no, no, no, no: de gordo».

El público se parte de risa. Es 1994 y Rafael Amor está grabando Un directo de Amor en la sala Toldería de Madrid. Un disco que mezcla canciones, poemas y otras historias que unas veces son anécdotas, otras bromas y otras chistes. La mayoría de los temas lo acompañaban desde los años setenta; uno de ellos, «Cintas amarillas», era de su primer disco, Cosas de todos para todos (1972); otros tres, «El loco de la vía», «Corazón libre» y «No me llames extranjero», dan nombre a diferentes álbumes y son, desde hace años y empujados por voces amigas como las de Mercedes Sosa o Alberto Cortez, los más conocidos de su repertorio.

En el prólogo del disco, Gonzalo Rei comparaba el inconformismo de Rafael Amor con el de Benedetti, y su profundidad con la de Jacques Brel, y su compromiso con el de Tejada Gómez, y su ternura con la de Alfonsina Storni, y su mordacidad con la de Brassens. Quizá son demasiados nombres, demasiados adjetivos, demasiados símiles, procedentes de otras tantas vetas que asoman por su discografía; pero si tuviéramos que quedarnos con dos o tres palabras para definirlo, tal vez no serían muy distintas: sinceridad, resistencia y, si se me permite, amor, entendido también como respeto, cuidado y dulzura hacia lo que se hace.

En realidad, los chistes que cuenta, por muy bien que los cuente, no siempre son tan buenos; los poemas de otros autores que recita, por muy bien que los recite, no siempre están bien escogidos; sus propias coplas y romances, por muchas verdades que digan, no siempre riman adecuadamente. Algunas —incluso bastantes— de las letras de sus canciones pueden parecer ingenuas, demasiado elementales, ripiosas, muy carne de aforismo. Pero tal vez sea la actitud lo que les da tanta fuerza. Que el hombre que entona con su guitarra y su potente voz de tenor la máxima «Los únicos vencidos, corazón, son los que no luchan», o el juego tópico «No es lo mismo / estar solo sin haber amado / que después de amar quedarse solo», o la a primera vista cándida quintilla «Yo seré tu compañero / para el sueño y la poesía, / lo que llaman utopía / los que nunca la entendieron / por torpeza o cobardía», cree firme y valientemente en lo que dice, y por eso utiliza palabras tan grandes y tan graves, y por eso canta tan alto y tan fuerte, y por eso nunca suena a falso, a hueco.

Así, en este directo hay canciones dedicadas al primer amor y a los de luego; valses y tangos de razas y lugares diferentes; romances y seguidillas, con algún endecasílabo despistado; declaraciones de resistencia y libertad; figuras poderosas (recurso socorrido y facilón en tantos otros autores), como la del loco, que aquí, a fuerza de sinceridad —en la letra, y también en el recitado— se hacen creíbles, verdaderas.

Otra vez le preguntaron a Rafael: «¿Y usted a qué se dedica?». Él respondió, sencillamente: «Yo soy cantor. Canto canciones…». Entonces su interlocutor lo atajó enseguida: «No, no, no, no, no: que en qué trabaja».

El público, otra vez, se parte de risa. Y el hombre gordo de la barba y la melena sigue ahí, trabajando, sin darse por vencido, al pie del cañón.

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