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Miércoles, 30 de noviembre de 2011

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (28). Tener un sanbaudelio

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Recuerdo el verano de 1989 cuando en una terraza de San Lorenzo de El Escorial el pintor castellano José María Pérez de Cossío nos contaba con tristeza el ataque de ira que le entró cuando vio cómo en un lujoso restaurante de Madrid habían destrozado una obra suya. Años antes dicho centro le había encargado una tela de grandes dimensiones que él pintó con su exquisito lirismo abstracto. Posteriormente, y para adaptarla a unas obras que en dicho establecimiento hicieron cambiando su distribución interna, la habían troceado y enmarcado por partes. Ya no se adecuaba al nuevo espacio el largo lienzo y, lejos de entenderlo como un todo, pensaron los responsables del local que cumplía en sus partes mutiladas similar función «decorativa». Pensaron, y obraron por su cuenta, sin permiso del autor. Total, como la habían comprado (era suya, pues) y era abstracta… La sensibilidad de estos gestores seguramente hubiera entendido mejor que si partimos un billete de cincuenta euros, pongamos por caso, en cinco trocitos, no tenemos cinco pedazos de papel moneda que valgan diez euros cada uno. No tenemos nada de valor. Lo mismo puede decirse de esas obras pictóricas que, pensadas como un conjunto, han sido salvajemente loncheadas, aisladas y preparadas para disponerlas a una vida por separado, en perpetua orfandad desde entonces.

El artista entendido como genio no es un invento del siglo xix. Se puede decir que comienza con el Renacimiento, pero es cierto que cristaliza definitivamente con el Romanticismo. Si todavía en 1800 los mayores músicos, pintores o escultores que hoy pueblan los libros de texto eran tan solo artesanos mejor o peor pagados, sometidos al capricho y sueldo de sus mecenas, unas décadas después el desaforado culto a la personalidad del artista, ya demiurgo, investido de condición cuasi divina, se había impuesto en el mundo occidental. La firma comenzó a valorarse más que el propio contenido de la obra de arte, y así hasta hoy, como bien saben las casas de subastas, los museos y el ego (eguillo) de los políticos locales, tentando con fondos públicos a este o aquel artista mediático que haga en la localidad de turno, lo que sea, pero con firma.

Estos polvos y lodos, aparentemente inconexos, se confunden con el tema que hoy presentamos, y víctima de esta forma de pensar fue la soriana ermita de San Baudelio, en remoto paraje perteneciente al pueblo de Casillas de Berlanga. Arrancáronse en los años veinte del siglo pasado buena parte de sus increíbles pinturas y se distribuyó el botín entre distintas sedes norteamericanas. Hoy, museos de Cincinnati, Nueva York, Indianápolis y Boston exhiben sanbaudelios del mismo modo que rembrandts, grecos, modiglianis o tizianos. En minúscula, pues vistos así son objetos múltiples, no obras únicas. También un museo español, el Prado, tiene algunas de estas pinturas, tras azarosa historia que ahora no viene a cuento. Como las otras, se aislaron los motivos (un oso, un camello, un guerrero, una escena bíblica) y se dispusieron sobre lienzos, con o sin su correspondiente marco. Como en el caso del cuadro de Cossío, donde había una «firma» se consiguieron varias. Curiosa forma de mitosis. Si en el milagro de los panes y los peces se multiplicó el valor de lo multiplicado, aquí se hizo lo propio con el precio… a costa de restarle valor precisamente a cada elemento nuevo. Tenemos pues sanbaudelios de caballete en los museos, pintura románica sobre lienzo, y la podemos ver colgada de sus muros como corresponde a una obra de arte: aislada, enmarcada y a la altura de los ojos. Como un cuadro, vaya.

Desde luego, queda la ermita original, con su singular arquitectura y con las improntas de las pinturas arrancadas hace casi un siglo por un lado (el strappo, técnica empleada para el arranque, afortunadamente respeta las capas preparatorias sobre las que la pintura se asienta); por otro, permanece la parte de las pinturas que no se tocaron; finalmente, resta mentar un tercer conjunto de otras pinturas arrancadas de la bóveda en los años sesenta repuestas in situ no hace mucho tiempo. La humilde ermita es una joya de la historia del arte, y también un muestrario de técnicas de manipulación de la pintura mural en los dos últimos siglos, y un testigo de nuestra manera de entender la protección del patrimonio cultural en los últimos cien años. Es hacer de la necesidad virtud, pero es un atractivo más a la hora de degustar la visita de uno de los lugares más bellos para amantes de la belleza, en este caso, en forma de arte.

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