PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
La pintura, en cuanto medio más económico que tradicionalmente ha habido para recrear contextos, podría parecer apropiada a la hora de tapizar de elementos «de estilo románico», cual trampantojo, los interiores de los edificios cuya arquitectura así se califica. A modo de decorado, sobre el propio muro, o con unas telas pintadas se puede ambientar prácticamente cualquier cosa. Pero fallaron los pintores románticos del siglo xix, amantes de grandes lienzos con motivos de historia medieval, a la hora de recrear el contexto románico, que por cierto se hacía gótico a la mínima en sus elementos arquitectónicos, independientemente de que se describieran sucesos del siglo xi o xii. Por supuesto, los interiores aparecían con la piedra vista, desnuda, desollada de sus necesarios revocos, en sombría premonición de lo que la «restauración» vigesimonónica haría (y hace). Cuando todavía las iglesias románicas contemporáneas a tales pintores lucían sus enlucidos (viene bien la significativa redundancia), ya imaginaban que los tiempos rudos, «oscuros» —lo que se creía que fue la Edad Media—, no se avenían con la luz que tales revestimientos proporcionaban. Había que endurecer el contexto, y se pensó que la piedra desnuda, mineral puro, ofrecía la textura adecuada que sirviera como fondo a una escena medievalizante que llevar al lienzo.
Pero hoy nos referimos aquí a otra práctica: a saturar de color, con tonos punzantes, chillones, contrastantes, los muros de las iglesias románicas según lo que el criterio popular entendía que era «lo bonito», en las antípodas de Academias, Juegos Florales, Premios Nacionales de Pintura y resabios románticos. Así, cuántas veces al entrar a una iglesita románica de cualquier pueblo de nuestra geografía, se observa, generalmente con más horror cuanto mayor sea la «instrucción» del visitante, un capitel vegetal cuyas palmetas refulgen de brillantes verdes y amarillos, las piñas de sus ángulos destacan en azules, o los gallones de la enorme pila bautismal, pedrusco labrado ochocientos años atrás, refuerzan su relieve con un tinte de color estridente. Otras veces, es un canecillo antropomorfo el que ha sido adornado («pinta y colorea», que con eso nos entreteníamos en los primeros años de escuela), y un collar de cuentas se añade al cuello de la románica cabecita, a juego con pupilas del mismo color y sustancia, que completan zarcillos o una cruz rematando el abalorio. Nos llevamos las manos a la cabeza. Los más atrevidos improvisan en un aparte un discursito sobre lo bárbaros que son en ese pueblo, cuidando de no ofender al paisano o paisana que amablemente les ha abierto el templo, y se acaba (la culpa es siempre del Gobierno), cumplida la visita, reclamando una pronta intervención que resuelva el desatino y revierta la piedra a su primigenia condición, al color que tenía cuando se extrajo de la cantera.
Románico vende, y románico, se piensa, es piedra vista o, a lo sumo, pintura mural figurativa. Pero esta estética popular, por un curioso bucle histórico, resulta que vuelve con estos repintados a lo que fue el modo de percibir los interiores templarios románicos en la época en que se levantaron. Es más, retoma el modo de concebir las estancias suntuosas anterior a la manía «restauracionista» que limpió de revocos nuestras iglesias y decoloró columnas, capiteles, canes y dovelas. Antaño, los muros de dentro se revistieron siempre, fuere cual fuere la construcción (salvo las estancias para animales, que aun así se solían cubrir de una torta de barro para aislarlas), y sobre ellos se dispusieron, en función de las posibilidades económicas, tapices, frontales, o retablos que a su vez acogían objetos de reluciente metal, tablas pintadas o imágenes de piedra o madera brillantes de policromías. Si no había medios, la humilde pintura era capaz de otorgar esa ilusión de luz con sus pigmentos, abría metafóricas ventanas en los masivos muros mostrando paisajes, escenas, personajes, o reproduciendo cortinajes y geometrías. Un estallido de colores contrastantes (pensemos en los beatos, tan violentamente iluminados) hacía del interior de una iglesia un espacio privilegiado, que contrastaba con las humildes viviendas acabadas con revestimientos monocromos. La casa de Dios no podía ser una casa más. Era la más grande del pueblo, la mejor construida y la más adornada. Los colores lo invadían todo. Por ese bucle que decíamos, vuelve por sus fueros la estética popular, amiga siempre del abarrotamiento y el color, y devuelve, muchas veces con materiales inapropiados, como pinturas plásticas, una sensación que hacía tiempo se había perdido. ¿Qué hacer con ese «titanlux» que policroma el románico aquí o allá? Difícil cuestión, como toda decisión que atañe a la restauración de patrimonio, pero no está de más valorar estas muestras como exponentes también de una estética, que no por popular ha de ser menospreciada. Populares fueron los romances, el cancionero tradicional, los trabajos pastoriles, populares son las fiestas y tradiciones que hoy se protegen por doquier con solemnes declaraciones legales. Tenemos que pensar este tema.
Los turistas se van, con sus sentencias. Los aldeanos se quedan, rezando a sus santos, embelleciendo la iglesia como saben y pueden, cuidándola… y abriéndola otra vez para exponerla al juicio sumarísimo de los próximos letrados que se dejen caer por el pueblo y, flash por aquí, con romántica mentalidad, decidan en diez minutos que eso no vale, flash por allá, que el románico es la mampostería vista de la fábrica, flash acullá, «la piedra dura» que, como bien decía Rubén Darío en sonoro soneto, «ésa ya no siente». Y a coger el coche, al siguiente pueblo, la siguiente iglesia, y vuelta a empezar, que todavía aguanta la batería de la cámara.