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Viernes, 11 de noviembre de 2011

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Ciencia y técnica

Los locos cuadradores españoles (5). Inocencio Andión, masón

Por Andrés Carrobles

Inocencio Andión (π = 3,126201633755) nace el 2 de junio de 1854 en el barrio de Sariñán, parroquia de San Martín de Ferreiros, Ayuntamiento de Pol, provincia de Lugo (España). Como librepensador cristiano, se definía así: «liberal de conciencia (no de pasión, negocio ni conveniencia propia), partidario de las doctrinas espiritista, masónica y republicana-federal». O al menos eso es lo que aparece en una curiosa tarjeta de visita que hoy se puede encontrar en la red y donde podemos admirar los magníficos bigotes que tenía el autor en 1888. Idéntica foto se incluye en la miscelánea La cuadratura del círculo y de la elíptica de forma plana y plano-cúbica; y de forma esférica y esfero-elíptica…, San José de Costa Rica, 1917, donde Andión trata de demostrar, entre otras cosas, el problema estrella por antonomasia de la geometría.

La obra de Andión, excesiva y delirante, es tal vez la más original de cuantas conserva la BNE sobre el particular. Pero no por el enfoque de su demostración, sino por el material que acompaña a su estudio sobre la cuadratura: desde un poema preliminar, cojo hasta decir basta, con que avisa a navegantes («La cuadratura del círculo será siempre / la manera de hallar un cuadrado / cuya superficie sea equivalente / a la de un círculo dado», dice la primera estrofa; y hay otras tres), hasta una serie de trabajos breves que completan el volumen, ya sobre la inteligencia femenina en Costa Rica, las reglas higiénicas adecuadas para una ciudad tropical, las reinas cocineras o el verdadero nacimiento de Cristóbal Colón y Fonterosa en Galicia. O problemas matemáticos cuyo enunciado se expresa en verso. O cuasirrelatos como «Las corridas de toros juzgadas por un marino japonés».

Como sucede también —pero en menor medida— con otros cuadradores, el libro de Andión nos permite explorar muy de cerca la mente del artista. Una mente que, no me cabe la menor duda, habría interesado mucho a Raymond Queneau. Visionario y megalómano, el autor gallego afirma haber peleado catorce años con la cuadratura. «Y a pesar de que este Tigre y este León no son tan bravos como los pintan, a mí me han hecho sin embargo derramar sangre, y hasta un ataque de parálisis digestiva tuve que soportar», nos dice, compungido.

La historia de Andión con las autoridades científicas es también triste y difícil: el autor presentó su trabajo, nos dice, a los imperios de Rusia, Alemania, Austria y Japón; a los reinos de Grecia, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Portugal, Italia e Inglaterra; y a las repúblicas de México, Cuba, Brasil, Chile, Suiza, Francia, Uruguay, Argentina y los Estados Unidos de Norteamérica. De ellos, solo le contestaron los austriacos, los belgas y los alemanes. Los austriacos le dijeron que era imposible resolver el problema; los belgas, que lo examinarían; los alemanes, que hacía ya tiempo que no aceptaban más trabajos sobre ese asunto. Así que a Andión le tocó difundir sus hallazgos exactamente igual que le había tocado aprender geometría: por su cuenta. Algo que, por otra parte, le fue de mucha ayuda:

Si yo hubiera estudiado el Álgebra y sus enredos, eso no me hubiera servido más que para entorpecer el entendimiento; y entonces no hubiera podido inventar este sistema tan sencillo, tan cómodo, tan claro y tan práctico; sistema tras del cual corrieron los más grandes sabios matemáticos, a través de miles de años, sin poderlo encontrar, debido a la ofuscación de sus sentidos producida por el Álgebra y demás vericuetos.

Andión prosigue casi sin mirar atrás; de tanto en tanto echa un vistazo alrededor, compara unos datos con otros y concluye, sin despeinarse: «El hecho de que todos los sistemas antiguos estén en discordia prueba que todos ellos son más malos que el mío, y que él es mejor que todos». Cada cierto tiempo, cuela una cuarteta contrahecha: «El que hoy no aprende / con esta obra mía, / de práctica geometría, / es porque no quiere». Y cuando termina su demostración, nos dice que también ha inventado la máquina de movimiento continuo y que tiene otras patentes y proyectos: que si un nuevo modelo de bayoneta, que si un nuevo transmisor de fonógrafo, que si un nuevo método para suavizar la velocidad de los émbolos de vapor, que si un nuevo sistema de bicicleta y otro para evitar las desgracias en los tranvías…

Lo mejor, seguramente, es su artículo sobre espiritismo, ciencia y progreso, donde el lúcido loco cuadrador analiza cómo la humanidad, egoísta y ambiciosa, ha ido estableciendo el derecho de propiedad y ha cultivado distintas formas de restricción a través de las cuales el género humano «se va suicidando, de una manera lenta pero segura». Y donde no faltan curiosidades dignas de la Silva de varia lección de Mexía:

Las estadísticas prueban que los solteros viven menos que los casados. Así se explica cómo en Turquía, donde la religión mahometana permite la poligamia, se vive relativamente más que en los países cristianos. Existe en la actualidad un turco que cuenta 148 años, hijo de otro turco que vivió 156.

La obra de Andión termina con una breve autobiografía, un catálogo exhaustivo de todos los libros que el autor ha leído en su vida —libros sobre magnetismo, el infierno, la mujer, la masonería, Cuba, el socialismo o el anarquismo, por ejemplo— y, por fin, un horóscopo completo.

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