ARTE / Claroscuro
Por Francisco de Asís García García
Zurbarán nos presenta una joven que sostiene con su mano izquierda una sierra, el instrumento de su martirio. Se ha reconocido en ella a Santa Eufemia, martirizada a comienzos del siglo iv por su negativa al culto pagano. Otra Santa Eufemia de procedencia sevillana fue realizada por el obrador de Zurbarán y se conserva en el Palazzo Bianco de Génova. El lienzo del Prado, tras haber pertenecido a la colección gaditana de Ángel Picardo, tuvo como poseedor al doctor Jiménez Díaz, cuya viuda lo legó al Museo en 1969. Los paralelos entre una y otra obra son palmarios, con la salvedad de tratarse la genovesa de una representación de cuerpo entero. Precisamente algunos autores han planteado que la obra madrileña fuera recortada de un cuadro de mayor tamaño que mostrase a la santa en pie.
El tema de las santas se convirtió en uno de los más característicos de la producción de Zurbarán y de su obrador. Dada la individualización que presentan los rasgos de algunas de estas figuras, se planteó que respondieran a un género al parecer practicado en la Sevilla del momento, el del «retrato a lo divino». Si en la Francia del siglo xviii las mujeres nobles apreciaron ser representadas como deidades clásicas, las damas de la alta sociedad sevillana del siglo xvii gustaron en ocasiones de ser efigiadas con los atributos de vírgenes o mártires, acaso sus santas patronas. Según han ido apuntando algunos autores, los atuendos vestidos en las comedias de santos, o la presencia de las jóvenes hispalenses caracterizadas como santas en las procesiones del Corpus Christi, habrían proporcionado un modelo visual para la imágenes zurbaranescas, de ahí la característica «actitud procesional» de algunas de ellas. La utilización de modelos reales para la representación de las figuras sagradas no era una práctica desconocida en la pintura española del seiscientos. Se conocen casos célebres como el de la familia de Velázquez en su Adoración de los Magos del Prado.
Algunas de las santas de Zurbarán formaron parte de la colección que el Mariscal Soult reunió en su residencia parisina tras el expolio de los conventos sevillanos, indicativo del aprecio y atención del que siempre gozaron estas obras. La posibilidad de que respondan al tipo de «retrato a lo divino» ha sido cuestionada posteriormente. En ocasiones los tipos físicos empleados carecen de la personalidad e individualización propia del retrato y resultan más formularios y tradicionales —aspecto que, en opinión de los autores, puede relacionarse también con su presumible condición de obras de taller.
En el caso de esta Santa Eufemia, los rasgos de la joven responden a un modelo utilizado comúnmente por Zurbarán: una mujer morena, de boca pequeña, tez pálida de mejillas sonrosadas y pelo recogido tras la nuca. No porta las habituales joyas ni los atuendos suntuarios descritos con precisión por el extremeño en otras santas, como su Santa Isabel de Portugal —cuestión que entraba en desacuerdo con las recomendaciones sinodales y de los predicadores contrarias al lujo en el vestir de las damas y de las imágenes sacras femeninas. Parece que el pintor ha buscado la captación de una belleza ideal, eco de la santidad del personaje según un principio estético que hunde sus raíces en el neoplatonismo. La Santa Eufemia de Zurbarán muy probablemente fue destinada a algún interior doméstico o conventual. La inteligibilidad del modelo y su humanidad se habrían ajustado convenientemente al fin devocional que cabe suponerle.