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Martes, 23 de noviembre de 2010

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ARTE / Claroscuro

Cortina de águilas

Por Elena Paulino Montero

—Fue sólo un sueño, hijo mío.
—Que no, que estaban allí,
yo los vi,
los elefantes.
Ya no están y estaban antes.
(Y se los llevó un judío
perfil de maravedí).

Gerardo Diego finaliza así su poema dedicado a las pinturas de la ermita de San Baudelio de Berlanga y a su polémica venta y exportación a Estados Unidos. Esta transacción ya fue considerada en su momento como una enorme pérdida para el patrimonio español.

En el mes de febrero de 1922 el anticuario León Leví, por encargo del coleccionista americano Gabriel Dereppe, comenzó una serie de negociaciones con las diócesis de Osma y Sigüenza y, finalmente, con los vecinos de Casillas de Berlanga, que culminaron con la venta de las magníficas pinturas de la ermita de San Baudelio de Berlanga, por la cantidad de 65.000 pesetas.

Pese a ser un edificio declarado Monumento Nacional, pese a las airadas reacciones en contra de esta venta, que quedaron reflejadas en numerosos artículos de prensa y editoriales, y pese a los intentos por parte de diversas autoridades de evitar que las pinturas saliesen de España, finalmente, los frescos fueron arrancados y enviados a Estados Unidos, a diferentes museos y colecciones particulares. La polémica que todo este proceso generó contribuyó a introducir notables mejoras en la protección jurídica y legal de las obras de arte españolas, como las desarrolladas en el Decreto-Ley del Tesoro Artístico Arqueológico Nacional de 1926, publicado un año después de la salida de estos frescos de España.

Treinta años más tarde, en 1957, el Metropolitan Museum de Nueva York negoció con el Estado español el intercambio de varias de estas pinturas por el ábside románico de la iglesia de Fuentidueña de Segovia. Dentro de ese grupo de pinturas, que fueron depositadas en el Museo del Prado indefinidamente, se encuentra este panel con águilas exployadas. Originalmente se encontraba situado en el lado izquierdo del muro de la tribuna de la ermita de San Baudelio, y forma parte del grupo de las pinturas bajas donde aparecen diferentes escenas de caza, un guerrero y animales más o menos exóticos (el dromedario, el elefante, el oso).

Este fragmento está compuesto por doce grandes círculos en los que, sobre un fondo verdoso, aparecen águilas con las alas desplegadas. Estos grandes círculos, bordeados de rojo y blanco, se unen entre sí mediante otros pequeños círculos con motivos florales sobre fondo amarillo. Su composición, por tanto, sigue el esquema tradicional de los tejidos orientales que, partiendo de lo sasánida, se extendieron por toda la cuenca del Mediterráneo gracias a la influencia de Bizancio, primero, y el mundo islámico, después.

Este tipo de tejidos se asoció durante toda la época medieval con el lujo, el poder y a menudo se empleaban como colgaduras en iglesias, enriqueciendo los muros o cumpliendo fines litúrgicos. No fue extraño recrearlos figuradamente a través de la pintura, como en este caso donde, además, aparecen rodeados de otras imágenes de contenido simbólico.

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