Cine y televisión
Por Inmaculada Álvarez Suárez
Las primeras exhibiciones de imágenes animadas en España datan de 1896, dentro de la competición entre el animatógrafo de Robert William Paul y el cinematógrafo de los hermanos Lumière, donde Alexandre Promio representaba a los Lumière en contribución a su Catálogo de Vistas. Sus «Vistas españolas» consistieron en paisajes y escenas típicas cotidianas como indican los propios títulos: Plaza del puerto en Barcelona, Llegada de los toreros, Maniobras de la artilleria en Vicálvaro o Salida de las alumnas del colegio de San Luis de los Franceses. En poco tiempo, los españoles se contagian de la pasión por el cinematográfo que ya existía fuera de las fronteras y, en octubre de 1896, Eduardo Jimeno Correas rueda la primera película de producción española, Salida de la misa de doce en la iglesia del Pilar de Zaragoza. Estos primeros filmes son documentales rodados con una cámara fija y un único plano, que plasman actividades cotidianas de personajes anónimos. Se utiliza la misma temática que entonces estaba impactando en el incipiente cine europeo: salidas y llegadas de trenes, de fábricas, de colegios o de iglesias, como puede también verse en el filme anónimo Llegada de un tren de Teruel a Segorbe, estrenado en Valencia en 1896. Un año después se rueda la primera película argumental, Riña en un café, con Fructuós Gelabert como productor, director y guionista. Gelabert fue un auténtico pionero del cine español, hombre multifacético que realizó numerosas películas, desde obras documentales hasta películas de ficción, donde explora nuevos géneros como el melodrama y adaptaciones literarias. Destaca su producción auspiciada por Films Barcelona (1906-1913) con títulos como: Tierra baja (1907), La Dolores y María Rosa (1908) y Amor que mata (1909).
Progresivamente aumenta la producción cinematográfica y se crean nuevas compañías: Hispano Films, Cebra Films, Films Cuesta-Valencia… Barcelona se perfila entonces como el principal centro de producción, debido a su coyuntura económica e industrial que facilita la disponibilidad de equipos y material cinematográfico de tecnología más avanzada que a menudo era traído desde Francia. Todo ello se convierte en el escenario de la base industrial del inicio del cine español. Otros pioneros destacables en este periodo son Joan María Codina y Ángel García Cardona, que dirigen el melodrama popular El ciego de aldea (Films Cuesta-Valencia, 1906); y también Ricard Baños y Alberto Marro, que ruedan el filme histórico Don Pedro el Cruel (1911). Segundo de Chomón fue el más brillante e innovador de estos precursores; su inmensa obra consta aproximadamente de quinientas películas; entre ellas destacan Choque de trenes (1902), que combina por vez primera imágenes reales y rudimentarios efectos especiales, El hotel eléctrico (1905-1908) y Cabiria, de Giovanni Pastrone (1914), donde experimenta con nuevas técnicas cinematográficas.
La ausencia de Madrid como escenario de producción se debe a que los empresarios del entretenimiento preferían entonces centrarse en otras fórmulas de espectáculos populares como la zarzuela, las varietés y el teatro. Sin embargo, ante el eco del éxito de las producciones cinematográficas en Barcelona, y los estrenos de filmes europeos y hollywoodenses, el público madrileño va acercándose a esta nueva forma de ocio que era el cine. En 1915, Benito Perojo establece en Madrid su productora Patria Films, lo que inicia un periodo de expansión de la industria cinematográfica en la capital y supone para Perojo una larga carrera llena de éxitos. En 1930, coincidiendo casi con el inicio del cine sonoro en la industria de Hollywood (The Jazz Singer/ El cantor de jazz, Alan Crosland, 1927), el director Florián Rey estrena su filme La aldea maldita, melodrama rural considerado como la película más exitosa y lograda del cine mudo español.
Este artículo es un simbólico homenaje a todos estos pioneros que consiguieron poner en marcha la industria, y el arte, del cine español.