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Viernes, 19 de noviembre de 2010

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (IX). Menudo pollo

Por Alba Bergua Muntoner

«Has hecho una buena inversión: el metro cuadrado de fantasía humorística se está poniendo por las nubes». Son palabras que dirige a sus desocupados lectores el administrador de Ediciones de la Discreta en la nota de encabezonamiento [sic] que abre El Cancionero de Pollo Sanguinetti (una indagación), de 2003. Por un módico precio, acaban ustedes de adquirir un libro de poemas, un conjunto de sesudas y sorprendentes exégesis y un divertidísimo disco de humor, de amor, de pelea contra los malvados. Quizá no sea nada nuevo, pero se agradece y, sobre todo, es coherente con la trayectoria de la editorial. Así, el lector familiarizado con otras publicaciones de la Discreta Academia, tales como las excelsas obras en verso del Conde de Abascal (Todos los coños el coño, Laberinto de Tontuna) o la anónima y ejemplar Égloga de Domingo Tera, ya sabe a qué atenerse con esta nueva arma arrojadiza: habrá léxico áureo, habrá sutiles apócrifos, habrá rimas exquisitas, habrá guitarreo golfo, habrá filología dura, habrá dardos políticos, habrá alusiones rijosas, habrá cachondeo del bueno.

El Cancionero de Pollo es amarillo (amarillo pollo); no fue una buena idea la de dejar las letras de la cubierta en blanco, porque el título se lee con dificultad. Aparte de eso, todo bien: el producto se vende solo, y eso que, tras muchas lecturas y relecturas, siempre nos quedará la duda de quién es en realidad ese enigmático Vinicio Pollo Sanguinetti y cuál es su relación con la figura del llorado Indio Juan. En cualquier caso, lo que sí se sabe es que el Pollo habla a través del médium Guillermo Alonso del Real, suena con la música de José María Alfaya y se hace grande a través de la interpretación del Taller (o banda) de Reinsertables.

Hay siete capítulos. El primero es esa clásica introducción imprescindible donde un secreto agente discreto narra cómo llegaron a sus oídos el nombre y la fama de Pollo Sanguinetti. El segundo es un estudio-hagiografía en que Alonso del Real, discípulo aventajado del Pollo, se deshace en glosas y relatos, pero tampoco escatima reproches hacia su escurridizo mentor: «Resulta lamentable que el maestro fuera tan liante e hijoputa. Ya podía haber dejado las cosas un poco más claras, digo yo». A partir de ahí, más caos: tres visiones laterales sobre la música, el amor y el compromiso; la presentación del nebuloso Taller de Reinsertables, brazo articulado y agitador de Pollo, a partir del encuentro entre Guillermo y Alfaya, y sus peripecias por cárceles, cafés, bares y teatros a mediados de los noventa; el Cancionero propiamente dicho, dividido en seis bloques: «Himnos, marchas y paseos», «Política interior y exterior», «Propagandas y contrapropagandas», «Intenciones y posicionamientos», «Lírica naturalista» y «Verdulerías»; un par de apuntes filológicos sobre la obra del maestro: su relación con Edoardo Sanguineti y el supuesto plagio que realizó de las obras del vate tucumano Julio Augusto Septembrino. Por fin, un capítulo in extremis o in articulo mortis, seguido de las instrucciones para escuchar el disco. Y no se pierdan el índice onomástico ni las notas al pie, por favor.

El disco recoge quince poemas del Cancionero musicados por Alfaya; incluye, además, una entrada en escena de esas que prodiga el grupo en sus saraos, así como un par de intervenciones breves de Adolfo Jiménez e Indio Juan durante el homenaje que rindieron a este último los trabajadores de Sintel en 2002. Las melodías, muy sencillas, «son de cultureta general», como reconoce Alfaya; en cuanto a las letras, lo mismo en estancias que en quintillas, en seguidillas que en serventesios, apuntan a diversos asuntos de rabiosa actualidad política y social. Hay una habanera de los almogávares, unas guajiras por Mastrique, un bolero del desencanto para la generación del 68 y hasta dos himnos: el de Moratalaz, con sus chalés adosados, y el de Lavapiés, con su abrupta orografía. También hay lamentaciones en versos breves dignos de Espronceda («Somos románticos»), eslóganes no contratados por el Instituto de la Juventud («Póntelo, pónselo»), observaciones de poeta-cronista-vampiro («Las calles de Madrid»), meditaciones borbónicas («El polvo de la Corona»), metáforas telúrico-oceánicas («Islas vecinas»), el enésimo canto de un lobo enamorado («Caperucita Roja») o una súplica amoroso-laboral («Reinsértame»).

No les va a gustar nada a los políticos este pollo lenguaraz y antisistema. Lo acusarán de retórico, de criticón; de hacer sangre, de meter el dedo en el ojo, de repartir mandobles por doquier en lugar de ser educado y constructivo. Quizá sea así. Pero no olviden que, como dice la redondilla, «Tal es la brava labor / de la Discreta Academia, / que, aunque con modestia premia, / limpia, jode y da esplendor». Si es así, entonces, sea quien sea y esté donde esté, larga vida al Pollo.

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