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Martes, 16 de noviembre de 2010

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ARTE / Claroscuro

La Crucifixión

Por Francisco de Asís García García

Este lienzo con el tema de la Crucifixión perteneció, al igual que otras memorables escenas del último Greco, al retablo mayor que presidía la iglesia del Colegio de doña María de Aragón. El encargo destinado a esta institución madrileña, antiguo seminario agustino situado bajo la advocación de la Encarnación, data de 1596 y proporcionó al artista la suma más cuantiosa de las recibidas a lo largo de su trayectoria —casi seis mil ducados—. Como ocurrió con otros retablos diseñados por el Greco, los avatares históricos no han resultado favorables a la conservación de la obra. Desgajados de su mazonería original, irremediablemente perdida, los lienzos y el aparato escultórico abandonaron su emplazamiento primitivo —hoy en día sede del Senado—, quedaron dispersos tras la Guerra de la Independencia y en parte se perdieron. Sin embargo, el paradero actual de las pinturas permite contemplar juntas en el Museo del Prado cinco de las escenas. De entre las existentes en la actualidad, tan sólo la Adoración de los pastores, custodiada en el Museo Nacional de Arte de Rumanía, se conserva separada del conjunto original. El Museo del Prado pudo reunir los seis lienzos con motivo de una exposición temporal en 2000 que reconstruyó en su galería central la disposición primigenia de las escenas.

El retablo concentraba temas cristológicos de alto contenido dogmático junto al pasaje de Pentecostés. La propuesta de organización de los lienzos aceptada últimamente concibe dos cuerpos principales integrados por tres calles. El emplazamiento de la Crucifixión ha sido discutido. Se planteó que coronase el conjunto, habida cuenta de que la ubicación del Calvario como remate, ya fuera en su modalidad pintada o esculpida, constituía un elemento indispensable en la retablística de estas fechas. Sin embargo, a juzgar por un inventario decimonónico que menciona «7 Quadros de Pinturas originales de Dominico Greco que estaban en el Altar Mayor», parece que el ático fue ocupado por otra escena, hoy perdida, y que la Crucifixión se situó al mismo nivel que la Resurrección y Pentecostés, en el centro del segundo cuerpo. Durante el proceso de restauración se advirtió, además, que el remate del cuadro adoptaba un perfil de medio punto idéntico al de las escenas flanqueantes.

El Calvario no sólo culminaba el mensaje redentorista del programa iconográfico iniciado en la Anunciación, situada en la misma calle en un registro inferior, sino que también suponía un apoyo visual a la liturgia eucarística que habría de celebrarse delante del retablo. La interpretación pictórica de la escena insiste especialmente en este aspecto al conceder un papel protagonista a la sangre de Cristo, objeto de devoción desde finales de la Edad Media. Su culto dio lugar al florecimiento de numerosas hermandades y cofradías y generó una interesante iconografía de carácter pasional. Dos ángeles en la parte superior recogen en sus manos la sangre que brota enfáticamente del costado y de las manos de Cristo. A sus pies, María Magdalena y otro ángel dispuesto en un audaz escorzo impregnan sendos paños con el caudal sanguíneo que discurre por el madero de la cruz. Tales soluciones compositivas, que parecen derivadas de estampas de Durero, celebran la sangre como elemento redentor por excelencia.

La ambientación nocturna del pasaje puede relacionarse con los sucesos atmosféricos descritos en el relato evangélico, donde la naturaleza no permanece indiferente a la muerte de Jesús. Como señalan las Escrituras, en el momento de la Crucifixión «toda la región quedó sumida en tinieblas» (Mt. 27, 45) y «el sol se oscureció» (Lc. 24, 45). Pero, más allá de un mero sometimiento al texto bíblico, El Greco hace uso de este particular ambiente lumínico para acentuar la trascendencia del momento gracias a su potencial escenográfico. El cuerpo del crucificado, intensamente iluminado, se recorta sobre un oscuro contorno neutro que revaloriza su perfil. La luz golpea selectivamente el resto de figuras, modulando los hitos dramáticos de la composición. Sirviendo a este fin, la violencia cromática característica del último Greco alcanza en este lienzo una de sus más altas cotas y discurre pareja en intensidad a la gestualidad de los presentes.

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