Cine y televisión
Por Inmaculada Álvarez Suárez
Desde el final de la Guerra Civil española, México y España mantuvieron rotas sus relaciones diplomáticas debido al rechazo del gobierno mexicano al régimen del general Franco. México se había convertido, a partir del final de la contienda, en el país de acogida para miles de exiliados españoles. Sin embargo, a pesar de esta ruptura de las relaciones políticas (que llegó hasta marzo de 1977, cuando en España se consolidó el sistema democrático), ambos países mantuvieron relaciones oficiosas mediante el refuerzo de sus vínculos culturales a través de las relaciones fílmicas, el intercambio de estrellas de cine y de otros profesionales del espectáculo (teatro, zarzuela, radio y toros). Vínculos que representaban la exaltación de los arquetipos nacionales mutuos a través de un imaginario que enfatizaba una hermandad hispanomexicana. Surgió de este modo una representación fílmica que sintetizaba los imaginarios de la mexicanidad y del españolismo buscando estereotipos comunes. Era este un momento en el que la industria del cine mexicano, en su «era dorada» (por la abundancia y calidad de su producción), buscaba establecer un mercado hispano transnacional que compitiera con la industria de Hollywood; y este deseo expansionista del cine mexicano fue bien acogido por la creciente industria española y por el régimen franquista que buscaba la aceptación internacional. Surgía así el primer cine hispano transnacional.
En 1946, tiene lugar en Madrid el estreno de la película mexicana Enamorada (dirigida ese año por Emilio Fernández y protagonizada por la célebre María Félix), que fue exhibida bajo la categoría de «interés nacional» otorgada por el gobierno franquista, algo inusual para una película de producción foránea, lo que demuestra la importancia del cine mexicano para la sociedad española (y el régimen). En 1948 se estrena el filme Jalisco canta en Sevilla, dirigido por Fernando Fuentes e interpretado por las populares estrellas Carmen Sevilla y Jorge Negrete, iconos de este cine de tópicos. Es esta la primera coproducción entre México y España, y también la primera coproducción del cine español. Esta interdependencia en la representación de los imaginarios de mexicanidad y españolismo fue protagonista de estas películas, lo que reflejaba los intereses políticos y económicos que promovían la creación de este cine. Con la fusión de los tipismos nacionales mexicano y español a través de un cine de comedia folclórica, se pretendía, como estudia Alberto Elena, la creación de un «panhispanismo cinematográfico», beneficioso para el mercado y los intereses tanto de México como de España, aunque por motivos diferentes.
Esta «operación panhispánica» determinaba narraciones fílmicas que recreaban el romance entre los iconos nacionales de género: el galán mexicano, encarnado en la figura del charro, y la mujer española representada por la flamenca. En el escenario de fondo a estas historias se fundían valores patrios mutuos como el honor, la pasión, el coraje y la decencia. En los títulos de estas películas siempre encontramos una referencia al romance entre el charro y la gitana que parece simbolizar la ansiada relación fílmica entre los dos países: Una gitana en Jalisco (José Díaz Morales, 1946; México), Dos charros y una gitana (Antonio Román, 1956; México-España) o La gitana y el charro (Gilberto Martínez Solares, 1964; México-España) son algunos ejemplos. Las coproducciones hispanomexicanas se convierten entonces en escenario de conexión de personajes arquetípicos: mujeres «de raza» rebeldes y pasionales, aunque siempre honestas; y hombres tópicamente valientes (charros o toreros), controladores y posesivos, pero siempre caballeros. El contraste cultural entre estos personajes a través de su folclore (copla flamenca y corrido mexicano) y su tipismo estético, termina siempre en su romance final. La vinculación creada con la representación de estos tipos folclóricos es un intento de reelaborar los lazos culturales de México con España para crear un panhispanismo folclórico y cinematográfico que fuera comercial, no sólo en los dos países, sino en el mercado internacional. Pero una serie de factores provocaron el principio del fin de este cine: en 1955, España entra por fin a formar parte de Naciones Unidas y, conseguida la aceptación internacional, los intereses políticos españoles comenzaban a no necesitar más el «panhispanismo cinematográfico» con México. Por otro lado, en México este cine nunca fue tan influyente y en realidad no había conseguido crearse el ansiado mercado hispano transnacional capaz de competir con la industria de Hollywood. Este género de películas continuó realizándose también durante los primeros años sesenta para finalmente extinguirse, pero es indudable su importancia como vínculo cultural.