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Martes, 2 de noviembre de 2010

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ARTE / Claroscuro

Autorretrato (¿?), Sánchez Coello

Por Francisco de Asís García García

Una de las preguntas que con mayor frecuencia asalta al espectador de un retrato es la planteada por la identidad del efigiado. Con independencia del interés que suscitan los recursos compositivos y expresivos aplicados por los artistas en la presentación de los personajes, su identificación constituye acaso el principal interrogante que demanda ser resuelto. Este interés primordial por la personalidad del retratado explica la especial aura que frecuentemente rodea aquellas obras donde la identidad del sujeto no ha sido aún esclarecida.

La retratística de los siglos xvi y xvii es pródiga en este tipo de casos. Hombres y damas anónimos desfilan ante nuestros ojos, una realidad muy diferente a la del retrato regio y principesco, parcela en la que el reconocimiento de los inmortalizados por el pincel plantea menos problemas. La obra que hoy comentamos, realizada por Alonso Sánchez Coello (ca. 1531-1588), ha sido propuesta tradicionalmente como un autorretrato del pintor. En el testamento de su hijo se citan, en efecto, tres autorretratos realizados por quien fue uno de los más sobresalientes artistas de la corte de Felipe II. Sin embargo, la crítica no es unánime en este parecer. La obra puede fecharse en la década de los setenta del siglo xvi en función de particularidades que atañen a la moda de su vestimenta. En esas fechas, los cuellos de lechuguilla alcanzaron la altura de las orejas, aspecto que se mantuvo vigente aún durante dos décadas, al cabo de las cuales sobrepasaron la línea de los pabellones y ensancharon notablemente su diámetro. Algunos autores han señalado que la edad del retratado no correspondería con la del pintor en dichos años. En este desfase cronológico incide el hallazgo de una inscripción subyacente en la parte superior de la cabeza, dato desvelado en el estudio técnico de la obra. Ésta reza «aetatis 23». Por lo tanto, si se tratara del pintor, el autorretrato tendría que haber sido realizado en torno a 1554, cuando Sánchez Coello contaba con veintitrés años, fechas sensiblemente anteriores a las indicadas por el análisis de la indumentaria.

Siguiendo una de las fórmulas más habituales en los retratos civiles del quinientos, la figura se presenta de busto y levemente girada hacia su izquierda. Sin embargo, su intensa y penetrante mirada no esquiva al espectador, sino que lo encara de forma directa. Los labios apretados, inclinados ligeramente hacia abajo, la atención de la mirada, y la leve contracción de las cejas, denotan un carácter decidido. La luz se recrea en el modelado de las juveniles facciones del rostro, enmarcado por un cuello cuya precisión descriptiva es digna de la mejor tradición flamenca. Tanto éste como el semblante contrastan por su luminosidad con el intenso negro del atuendo y con el fondo neutro y oscuro sobre el que se recorta la figura. Este último recurso, que sustrae al retratado de cualquier referencia espacial y temporal, contribuye sin lugar a dudas a enfatizar la presencia del personaje, y por ello no resulta una solución extraña en el género del retrato.

Los análisis técnicos han revelado asimismo que la pintura original, ejecutada sobre tabla, fue ampliada en sus cuatro extremos. Esto ocurrió en un momento difícil de precisar, pero en todo caso nunca posterior a la adquisición de la obra en 1926 por el Patronato del Museo, cuando fue pintado en su ángulo inferior izquierdo el número de inventario correspondiente a las nuevas adquisiciones. Para ampliar las dimensiones del cuadro se incorporó la tabla original a una madera más amplia rebajada, y tanto el fondo como la figura se continuaron en el añadido.

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