LITERATURA
Por María Jesús Zamora Calvo
La Tragicomedia de Lisandro y Roselia fue publicada en 1542 de forma anónima y sin que conste explícitamente el lugar de impresión y el editor de la misma, aunque examinando los tipos de letra, el papel utilizado y determinadas características físicas del libro parece ser que salió de las prensas salmantinas de Juan de Junta. Tuvo poca difusión. Mientras que la Segunda Celestina de Feliciano de Silva contaba con cuatro reimpresiones en un espacio corto de tiempo y la Tercera Celestina de Gaspar Gómez de Toledo gozaba ya de dos ediciones, la Tragicomedia de Lisandro y Roselia solo dispuso de la princeps, y hubo que esperar hasta el último tercio del siglo xix para verla reimpresa. Incluso hasta en esta edición de 1872 no se hace mención a su autor, ya que su nombre se encontraba oculto en unas coplas de arte mayor localizadas al final de la obra. Juan Eugenio Hartzenbush fue quien al fin descifró la clave tomando una, dos o tres letras de los comienzos de veintiún versos a partir del quinto de la cuarta octava y leyendo hacia arriba obtuvo que «es-ta – o-bra – con-pu-so – san-cho – de – mu-n-non – na-tu-ral – de – sa-la-man-ca».
Su estructura sigue un plan sencillo y claro, imitando en parte el de Fernando de Rojas, pero con un desenlace nuevo: la muerte de los dos amantes a manos del hermano de Roselia para limpiar la honra familiar. La caracterización de los personajes es un calco de los de la primera Celestina. Son planos, sujetos al dualismo maniqueo de buenos o malos, de agresor o agredido, de pecador o santo. Roselia es un remedo de Melibea al que le falta la pasión desenfrenada. Lisandro carece del vigor y la fuerza dramática de Calisto. La diferencia reside en los criados que tienen un carácter muy propio, por el que no se les puede confundir con Pármeno y Sempronio. Eubulo es el sirviente de Lisandro, a quien continuamente le está dando consejos para evitar su perdición. De su boca salen los pensamientos más erasmistas de toda la obra, tras los que se pudiera esconder la voz de su autor. Elicia, sobrina de Celestina, es la digna heredera de los saberes de la alcahueta; su astucia refinada y cautelosa muestran un personaje con una profunda caracterización psicológica. Y Brumandilón sigue la estela de Centurio ganándole en audacia y resolución.
Esta obra ha quedado oculta dentro de la producción celestinesca que se publica durante los Siglos de Oro, velada en los acrósticos que cifran el nombre de su autor e ignorada en los almacenes de su primera editorial. Poco se la conoció durante el Renacimiento y el Barroco y esto dio lugar a un silencio que se mantuvo durante tres siglos hasta que en 1872 dos beneméritos rebuscadores de rarezas bibliográficas, el marqués de Fuensanta del Valla y José Sancho Rayón, la reimprimieron en el tercer tomo de su Colección de libros raros y curiosos. Tras ella se sucedieron cinco ediciones más, todas carentes de un mínimo rigor filológico. Una obra como esta, que surgió justo en el momento en que el Humanismo salmantino tuvo su máximo desarrollo, una obra que se hace eco de la idiosincrasia, costumbres y caracteres de su tiempo y de su lugar de origen, escrita en castellano correcto, ágil y fluido, considerada por Menéndez y Pelayo como una «joya literaria», «la mejor hablada de todas las Celestinas después de la primera, de cuyo aliento genial carece, pero a la cual supera en elegancia y atildamiento de dicción, como nacida en un periodo más clásico de la prosa castellana», bien merece una buena edición para que pueda ser conocida y disfrutada en el momento actual.