LENGUA
Por Antonio Rifón
Las palabras son, para los hablantes, instrumentos. Las usan y las manejan, las utilizan y las olvidan; no tienen, para ellos, otro sentido que el de servirles. Pero, como dice la canción de Cabaret, «si las viesen con mis ojos...», les aseguro que se darían cuenta de que todas tienen su vida, tienen su historia, tienen —permítanme decirlo— su corazoncito.
Hay palabras que son famosas. Para unas, la fama es sólo pasajera; aparecen de repente y todo el mundo las conoce y las nombra; pero, la gente pronto se cansa de ellas, las abandona e incluso llega a detestarlas. Son palabras cuya vida es sólo un pequeño y efímero hálito en el largo devenir de la historia. Fistro, yupi, jasp y sus compañeras, descansen en paz.
Para otras, la fama es duradera. Las conocieron, las conocemos y las conocerán. En ellas reflejamos lo que deseamos ser y no podemos; pero, al ser reflejo de un deseo insatisfecho, adquieren un halo de diosas míticas que las aleja de su ser real. Estas palabras tienen una doble vida: una grandilocuente y, a veces, vacía, y otra, vulgar, la de andar por casa en zapatillas y sin maquillar. Democracia, libertad, amor, igualdad, etc.
Otras palabras no tienen tanta suerte, lo importante de su fama no es que sea efímera o duradera, sino que es mala. Algunas de ellas ya la tienen desde su nacimiento (peste, enfermedad, muerte, etc.). Otras la adquieren a lo largo de su vida, en muchos casos, sin pretenderlo o sin haber hecho nada que las inculpe. Estas son muy abundantes en los últimos tiempos en los que el fantasma de la moralidad lingüística recorre Europa; como muestra bien vale un botón: fumador.
A otras no les acompaña la mala fama, sino la fama de graciosas. De estas, algunas tienen sentido del humor, otras, no; por eso, estas últimas, se hacen, muchas veces, inaguantables. Así, a pesar de su gracia, estas palabras no caen bien a todos: las que para unos son graciosas, para otros, son «graciosillas»; y, para otros, simplemente estúpidas. El problema de muchas de ellas es que el ser graciosas no es algo voluntario, consciente, sino que es su sino, siempre tienen que ser graciosas, nunca pueden descansar —si naces graciosa, graciosa te quedas—. Como para gustos hay colores, sólo nombraré algunas y juzguen ustedes si son graciosas, «graciosillas» o simplementes estúpidas: chisgarabís, zambomba, carámbanos.
Hasta aquí hemos visto que hay palabras que, por una u otra razón, poseen la tan ansiada, en estos momentos, fama; sin embargo, existen palabras a las que no les gusta la fama.
Entre estas últimas se encuentran aquellas que son elitistas. No bajan a la calle: de la mansión van directamente al club privado, del club privado, a la boutique; y siempre, en limusina. Su círculo de amigos es reducido, muy escogido y difícilmente ampliable; para entrar en él, se han de pasar unas rigurosas pruebas, unos rigurosos exámenes. Pobre diablo aquel que ose nombrarlas sin pertenecer a su círculo, servirá de mofa y sufrirá escarnio. Esas palabras son, para el común de los mortales, extrañas e incomprensibles (positrón, spin, bosón, peptidasa, diapausa, etc.).
Algunas de estas palabras tan elitistas acaban aburriéndose de esa vida y de esos círculos tan cerrados; es entonces, cuando el aburrimiento crece, cuando salen a la calle. Empiezan con un tímido paseo y, poco a poco, al darse cuenta de que no peligra su integridad, abandonan la limusina, se suben al transporte público y empiezan a frecuentar tiendas y bares de barrio (célula, ADN, etc.).
Pero la mayoría de las palabras no son de ninguno de estos grupos. La mayoría son palabras de todos los días. Entre estas hay algunas que siempre están en tu boca, siempre las nombras, son familiares, amigas o vecinas; te puedes llevar mejor o peor con ellas, pero siempre las tienes presentes (hola, adiós, comer, hablar, ir, etc.). Con otras, las más, la relación es casual, sólo te acuerdas de ellas de vez en cuando. Son aquellas que cruzas de forma anónima y de cuya existencia te das cuenta sólo en ese pequeño instante en que vuestras vidas se cruzan (reescribir, problematizar, etc.).
Tal vez puedan decir que estoy loco, que son sólo palabras; pero, «si las vieran con mis ojos, les aseguró que se enamorarían (como yo)».