Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
José Luis Sáenz de Heredia es un director español de cine cuya laureada labor se desarrolla a partir de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. Comenzó antes como guionista, pero fueron los terribles cuarenta —años que muchos de los escritores españoles dedicaron a reflexionar, a sobrevivir más bien, al sinsentido de la vida humana, percibido con una certeza insoportable tras la experiencia de la barbarie— los que a él le propiciaron sus primeros éxitos como director. Los reconocimientos oficiales no se hicieron esperar, favorecidos por su fidelidad al dictador, por su cercano parentesco con Primo de Rivera (es ilustrativo el hecho de que el cineasta llevó a la pantalla una historia basada en una novela del propio Franco, Raza, a cuya figura dedicó también, años después, un documental destinado al festejo de sus propiciados «veinticinco años de paz»).
Sin embargo, pese a que los premios y reconocimientos oficiales queden lógicamente deslucidos por tal coyuntura, hubo algo incuestionablemente meritorio en el éxito de Sáenz de Heredia y no fue solamente el entusiasta favor del público, sino también, curiosamente, el reconocimiento que sobre su obra manifestaron artistas de la talla y perfil de Luis Buñuel. De hecho, fue Buñuel quien veló por su vida cuando su franquismo casi le cuesta la muerte y, lo que más nos interesa, quien, según parece, alentó su incursión en el ámbito de la dirección cinematográfica. Probablemente, el genio del director de Viridiana supo separar, en tiempos mucho más difíciles, lo estético de lo ideológico. Ahora, más de cincuenta años después del estreno de Historias de la radio, el espectador que disfrute de esta estupenda película podrá hacerlo obviando las valoraciones políticas, que ya son memoria histórica, por más que la memoria duela todavía. Porque la cinta, que cuenta estupendamente tres anécdotas independientes con final feliz, cuyo único nexo es la emisora de radio que las propicia y que determina también su desenlace, posee una calidad que la libera del peso, siempre mutilador, de las ideologías. Algunos amantes del cine español se esfuerzan en defender la actitud tolerante y crítica de este director con sus propias adhesiones, para salvar de una posible condena una obra de mérito incuestionable. Los nostálgicos, por su parte, destacan la capacidad de la cinta para mostrar con acierto cómo eran los españoles de los cincuenta, en ese cálido y tierno homenaje a la radio, eterna protagonista de los hogares de entonces. El fondo de la cuestión, sin embargo, se reduce a algo tan sencillo como que Historias de la radio es una buena, muy buena película, que ofrece un abanico de personajes profundos en su sencillez descriptiva y unas anécdotas bien planteadas y estupendamente resueltas. Hoy le reprocharíamos quizá cierto abuso de las emociones, esa dosis de lo que ahora llamamos sensiblería, es cierto. Pero ni esa ni cualquier otra objeción que pudiera hacérsele son suficientes para desbaratar la sensación que nos queda de haber visto una estupenda cinta, capaz de sobrevivir a su tiempo y a sus circunstancias.