Música y escena
Por Alba Bergua Muntoner
Ecce homo: cabello blanco y revuelto, barba blanca, vaqueros azules, cinturón negro (de karaoke, asegura) y camisa blanca —dos botones abiertos— sobre una camiseta negra. Viene con tres secuaces de la peor calaña. A su izquierda, el que parece más joven abraza un contrabajo; a su derecha, el que parece más delgado apoya la guitarra contra una pierna en equilibrio; detrás, el que parece más sonriente acaricia un clarinete que pronto cambiará por una trompeta y después por una flauta. «No hagáis el payaso», avisa muy serio el hombre. Da un trago a una cerveza. Se aclara la garganta.
El hombre anuncia que el concierto se dividirá en dos partes «para que los chicos descansen». Y comienza a cantarle, sin anestesia, a la divisa socrática, mientras gesticula y marca el compás con la mano derecha: «Conócete a ti mismo, / ¿pero en qué circunstancia? / ¿Al borde del abismo, / o de turismo en Francia? / ¿En una cita a ciegas, / o una cata de vinos? / ¡Anda que no hay bodegas, / anda que no hay caminos!».
La primera canción termina y el hombre advierte: «Aquí no hemos venido a divertirnos». Y parece tomárselo muy a pecho. «Tengo una novia que finge / que no tiene orgasmos», se lamenta en una de sus letras con mensaje. Después dan comienzo las lecciones magistrales de arte, filosofía e historia: de Piero della Francesca, geómetra y pintor, quien debe su fama al descubrimiento de que un triángulo isósceles suele estar mucho más cómodo tumbado que de pie; o del pensamiento de Freud, que, matizado por Marcuse, viene a decir, resumiendo, que no es lo mismo ocho que ochenta; y así. De vez en cuando, tímidamente, el hombre dice: «Ahora viene una romántica sobre el paso del tiempo», y el público se parte de risa. O se atreve con una canción protesta porque «anda que no hay motivos». O vuelve a los clásicos y nos muestra a una Penélope que, cansada de tejer, se ha casado con un pretendiente porque «me lo dictan mis ovarios».
Narra un reencuentro amoroso que amenaza con destruir la civilización; glosa la historia de un pescador de la costa suiza que tira monedas al mar; saca la armónica; canta un vals; relata los pormenores de un adulterio con sangría y paella en Navalagamella; y desde allí vuela en esdrújulos hasta las antípodas —«¿quién no ha estado en Nueva Zelanda?»— y se desliza sobre la nieve nepalí en busca de la Yeti, quien («qué giro tan inesperado») resulta que tenía marido. Para mostrar su firme oposición al alzheimer, echa las cuentas de sus cien amores. Afirma que, henchido de patriotismo malasañero, el 2 de mayo le hace la guerra a su mujer, canadiense y francófona. Incluso hay sitio para la canción social en unos versos que, por su ritmo, harían estremecer a Juan de Mena: «Mi esposa padece furor uterino; / no damos abasto ni yo ni el vecino. / Y a mí me da pena del pobre Avelino».
No sé si comprenden de qué estoy hablando. Este hombre ha rimado UVI con cantidubi, escabechina con benzodiacepina, acusica con Nausícaa, novia con agorafobia, Jesús con repelús, Mojácar con nácar, usufructo con eructo, volumen con cacumen. Ha ido a buscar más material al granero del vecino y ha descubierto que amor fou rima con fíjate tú; cisnes con show business; sol con crawl; ergo non sum con catapum;y, si forzamos un poquito y pronunciamos a la francesa, jersey con Hemingway o mis con striptease. Y no se le caen los anillos cuando coloca al final de verso la palabra fénix por excelencia: «Me internarán por mucho tiempo / hasta que sane y aún después», porque un verso más allá, sin inmutarse, prosigue: «en el manicomio de Ciempo- / zuelos o en el de Leganés».
El hombre agradece los aplausos. Dice: «Salud», y se marcha. Después vuelve y canta dos canciones de propina. La última dura 28 segundos. Se llama «Alta velocidad».