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Martes, 24 de noviembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

El salvamento del Museo del Prado (VI).
«Estos días azules y este sol de la infancia»

Por Susana Calvo Capilla

«El Museo del Prado, la Biblioteca Nacional han sido bombardeados, sin otra motivación bélica que la fatal necesidad de destruir que siente el fascismo» decía Antonio Machado a su llegada a Valencia el 27 de noviembre de 1936.

El Museo se vio obligado a cerrar sus puertas el 30 de agosto, un mes y medio después de iniciada la Guerra Civil, y en noviembre, ante el grave riesgo que corría la colección, comenzó su evacuación. La familia de Carlos IV de Goya y la mayor parte de sus cuadros emprendieron entonces un viaje que concluyó de nuevo en Madrid dos años más tarde, en septiembre de 1939. Durante más de dos años la pintura recorrió, junto a cientos de españoles que intentaban ponerse a salvo, unas carreteras convertidas en vías de éxodo y, por ello, blanco de la artillería aérea fascista y nazi. Valencia primero, después Figueras y Perelada y, por último, Ginebra fueron sus refugios. Estremece pensar que por el mismo camino que se evacuaba a La familia de Carlos IV o a Las Meninas transitaron Antonio Machado y los intelectuales que habían permanecido al lado del gobierno de la República. Éstos iniciaron entonces un exilio del que muchos, a diferencia de los cuadros, no volvieron. El frío, el cansancio y la pena no pudieron destruir los lienzos pero sí el alma ya frágil del poeta Machado, que murió en Colliure el 22 de febrero de 1939, un mes después de pasar por Port Bou, bajo un sol que le recordaba al de la infancia.

En ese largo viaje, los cuadros del Prado, en especial los de gran formato, sufrieron no pocos percances, si bien todos ellos volvieron a Madrid casi sanos y, sobre todo, ¡salvos! Y es que el traslado y depósito de los lienzos planteaba enormes problemas y riesgos. La fragilidad de la tela, que podía rasgarse, descoserse o desprenderse del bastidor con las vibraciones de los camiones (aunque circulaban a 10-15 km/h), obligó en ciertas ocasiones a enrollarlos, como en el caso de los cartones de tapices de Goya. Otros muchos se engasaron, es decir, se pegaba una gasa de seda muy fina sobre la superficie pictórica para que ésta no se desprendiera o craquelara; también se forraron, si no lo estaban, para evitar desgarrones y descosidos. La humedad, los bruscos cambios de temperatura y la falta de ventilación provocaban pasmados del barniz y hongos en la superficie pictórica, así como fisuras en la madera de las pinturas sobre tabla. A eso se añadía la dificultosa travesía por los numerosos puentes de estructura metálica, cuya altura era insuficiente para el paso de los camiones con cajas grandes: Las Meninas atravesaron «andando» los puentes del Jarama (Madrid) y de Tortosa (Tarragona). En el caso de La familia de Carlos IV de Goya, los informes de los restauradores del museo desaconsejaban su traslado por la fragilidad del lienzo, que estaba sin forrar, y éste se demoró hasta mediados de 1937.

El día 14 de julio la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico dio orden al museo de que este cuadro saliera en el siguiente transporte. De nada sirvió la enérgica protesta de Sánchez Cantón, el director del museo, porque tras ser meticulosamente embalado con cartón, papel impermeable y guata, el cuadro de Goya salió el 23 de julio camino de Valencia.

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