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Viernes, 20 de noviembre de 2009

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Cine y televisión

El frasco

Por Llanos Navarro García

Cada vez que un periódico, un noticiario o un programa radiofónico se decide a hacer balance sobre la situación actual del cine español, inevitablemente, nos ofrece también la desalentada opinión de alguna persona representativa del mismo, expresando la tiránica competencia que soporta nuestro cine por parte de la industria americana. Es obvio que las desventajas existen y que tienen que ver con la creciente adicción del espectador occidental al espectáculo cinematográfico, entendido como máximo alarde tecnológico, y con su despreocupación por cuestiones exóticas, propias de unos cuantos cinéfilos excéntricos, cuya escasez, por otro lado, lo hace económicamente irrelevante, o casi. Las dificultades presupuestarias para saciar esta sed de complejidades técnicas del público llevan a directores y guionistas españoles e hispanoamericanos (entre muchos otros) a optar por tomar otra senda, una en la que el éxito dependa más de la maestría y el talento que del presupuesto. Por eso se suele recurrir al intimismo.

El frasco, del argentino Alberto Lecchi, constituye un ejemplo de esta búsqueda de situaciones sencillas, pero estéticamente provechosas, a partir de las cuales construir cinematográficamente una buena historia. Esta vez, esa búsqueda trasciende incluso la cotidianidad de los personajes, la sencillez de existencias mediocres, para construir la trama sobre la elección de una anécdota que roza lo escatológico. Pérez, un conductor de autobús que ha sido comparado con Forrest Gump, recibe un muy prosaico encargo de la mujer que ama, la maestra Romina: llevar una muestra de su orina, en un frasco de cristal, a la clínica de una ciudad vecina; la ruptura accidental del mismo constituye el punto de partida de esta historia de amor, desde luego, nada convencional. Quizá, en este caso, Lecchi se haya arriesgado demasiado haciendo del frasco el verdadero protagonista de la película: él nos muestra el carácter de Pérez, a través su obsesiva custodia, y él desencadena la evolución inesperada de la relación entre los protagonistas. Un frasco de orina, sí. Es arriesgado. Sin embargo, pese a las posibles reservas que pudieran expresarse, relativas al resultado último de la cinta, es incuestionable que la película consigue, una vez más, erigir una buena historia a partir de un suceso sencillo, común y, a la vez, completamente inusual: como la vida misma. Y demuestra, como tantas otras películas de bajo presupuesto que ni olvidamos ni renunciamos a volver a ver, que el cine, su arte, cuando es genuino, es incluso capaz de soslayarse a tiranías tan vulgares como las del dinero.

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