LITERATURA
Por Blas Matamoro
Rosario Castellanos (1925-1974). La deriva de la novela indigenista no podía dejar de lado a México, país de importantes civilizaciones precolombinas. Tampoco a las escritoras, ya que el ciclo había empezado en el siglo xix, justamente con una de ellas, Clorinda Matto de Turner. La parábola se abrió gracias a una evocación romántica e idealizada del indio, representante de la bondad nativa del hombre en el seno de la naturaleza. Luego se tiñó de cientificismo y encaró al indio como una raza enferma. Más tarde se valió de la denuncia social, mostrando la injusticia y la postración de las multitudes aborígenes en los países criollos. Los mexicanos de la llamada escuela colonialista, admiradores del áureo momento hispánico, acudieron a retratar el esplendor imperial azteca (Francisco Monterde: Moctezuma, el de la silla de oro) con toda la pompa modernista.
Rosario Castellanos opta por otro camino. Si bien nació y se crió en Chiapas, en el extremo sur mexicano, en plena región selvática lacandona, luego se integró en el mundo ilustrado y oficial, por sus estudios humanísticos y su tarea en la enseñanza y la diplomacia. No pertenecía al mundo indígena pero lo conocía desde la distancia de su superioridad cultural y social y, al volver a Chiapas, aceptó que formaba parte de su historia y le creaba una deuda de reconocimiento.
La visión del indígena de Castellanos, especialmente en Balún-Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962), más allá de la distancia señalada, está exenta tanto del paternalismo compasivo del buen amo como del disfraz populista del criollo vestido de indio. No intenta descifrar el enigma indisoluble de la identidad indígena como el José María Arguedas de Yawar-Fiesta ni propende a hacer hablar al indio en una suerte de dialecto mixto como el Jorge Icaza de Huasipungo. En todo caso, plantea el drama del aborigen desubicado en una sociedad que no lo asimila ni lo respeta, y el otro y paralelo drama del blanco que se reconoce incapaz de constituir un medio social donde el indio, sin perder sus peculiaridades, tenga un lugar compatible con la vida moderna. Quizá la escritura sea el espacio utópico de ese mutuo reconocimiento: México incorpora a sus indios y estos se hacen mexicanos sin dejar de lado su «indianidad».
Sin entrar directamente en la materia de la identidad, tan recurrente y radical en la literatura mexicana, Castellanos la roza y le añade un elemento, que es el de la mirada mutua desprovista de sentimentalismo pero también de comunicación, lo cual dota al asunto de un sesgo trágico. No se puede «mexicanizar» al indio envolviéndolo en una hipérbole estética que exalte la belleza de su naturalidad y el brillo de su memoria imperial. Tampoco se lo puede traducir a la lucha de clases y convertirlo en el proletario que hace la revolución nacional indígena contra el Antiguo Régimen oligárquico y el imperialismo yanqui (la opción del peruano Manuel Scorza inspirada por el indigenismo ideológico de la propia revolución mexicana).
De algún modo, Castellanos cierra la parábola de la novela indigenista, convirtiéndola en novela de indios o novela con indios, a secas, y dejando el interrogante de su encaje en la sociedad mexicana para las posteriores soluciones o indecisiones políticas. Es como si la literatura admitiese que no puede seguir hablando del problema y lo reconociera ajeno a su espacio, señalando a la dirigencia nacional la urgencia de un plan de incorporación que no sea, a la vez, un plan de enajenación.