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Jueves, 19 de noviembre de 2009

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LITERATURA

Letras españolas, letras extranjeras (VIII). La primera recepción de Kafka en España

Por Margarita Garbisu Buesa

Es de sobra sabido que Franz Kafka murió sin haber publicado todo lo que había escrito; es de sobra sabido que pidió a su gran amigo Max Brod que quemara su obra, petición felizmente incumplida; es de sobra sabido el enigmático carácter de su narrativa, universalmente difundido, eternamente estudiado. Kafka tardó en ser justamente reconocido en la nación de su lengua literaria, pues no se publicó su obra completa en Alemania hasta 1935, esto es, once años después de su fallecimiento. Sin embargo y en contra de lo habitual, nuestro país fue rápido en comprender la grandeza del checo y en seguida comenzó a preocuparse por su narrativa y difundirla entre los lectores. Parece que la primera aparición del autor en España tuvo lugar en 1924, el mismo año de su muerte, cuando la revista La Má Trencada saca a la luz el relato «Un fratricidi», en traducción al catalán de Carles Riba. Ortega y Gasset, gran entusiasta de la cultura alemana, le tomó el relevo en las páginas de la Revista de Occidente, y en 1925 edita La metamorfosis, en 1927, Un artista del hambre, y en 1932, Un artista del trapecio, tres de los relatos más conocidos de Kafka. Además, en 1927, la publicación incluye dos críticas literarias sobre El proceso y El castillo.

El estallido de la Guerra Civil lo detuvo todo: la vida, la cultura, la Revista de Occidente, la difusión de la literatura extranjera y, por supuesto, la entrada de Kafka en España. Sin embargo, durante los primeros años de la posguerra, los peores, los del hambre y la cerrazón, algunos intelectuales pudieron seguir la estela kafkiana gracias a las traducciones francesas de la editorial Gallimard y a las versiones castellanas de Argentina, país entonces gran admirador del checo y con un alto número de republicanos exiliados. Ya en 1936, en plena contienda española, las páginas de la revista Sur habían recogido algunas traducciones de su obra, y en 1937 le había dedicado un extenso ensayo bajo el título «Introducción al mundo de Kafka». En 1938 Jorge Luis Borges tradujo La metamorfosis para la editorial Losada, en cumplida deuda con su mágico mundo que haría propio; y en 1945 salió una versión de este relato en nuestro país, en la editorial —que no revista— de la Revista de Occidente, si bien es cierto que con una repercusión escasa.

Fue a finales de los cuarenta cuando la literatura de Kafka definitivamente se fue otra vez abriendo paso en España, situación a la que favoreció la amplitud de miras del gobierno, que fortaleció su recepción en los cincuenta. Se oye entonces hablar del escritor en tertulias y universidades, y entre los jóvenes escritores de las nuevas generaciones, que se dejan influir por su particular universo, como había ocurrido en otros países en los años previos. Síntoma de que la situación comenzaba a recuperarse y de que la estela kafkiana, la de los años veinte y Ortega, se dibujaba de nuevo y emprendía su rumbo, esta vez con fuerza y sin interrupciones, hacia décadas posteriores.

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