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Miércoles, 18 de noviembre de 2009

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Música y escena

Conrado del Campo y Bécquer

Por José Ramón Ripoll

Los catorce cuartetos de cuerda del compositor madrileño Conrado del Campo, nacido en 1878, dan cuerpo posiblemente a la colección más densa y completa que para esta formación se haya escrito en la música española. Este abanico temporal y estilístico contiene una serie de propuestas, intuiciones, preocupaciones e ideas que, no sólo forman parte del pensamiento musical de uno de los autores más singulares del siglo xx, sino de toda una generación posterior, a la que Conrado del Campo instruyó como maestro desde su cátedra de composición en el Real Conservatorio de Madrid. En 1947 fue designado director de la Orquesta de Radio Nacional de España, actuó como viola solista en la Orquesta Sinfónica de Madrid y fue fundador del Cuarteto Francés y del Quinteto de Madrid, experiencias que sin duda le aportaron un gran conocimiento técnico y mecánico a la hora de abordar el cuarteto de cuerda, posiblemente la forma más perfecta y difícil de toda la música de cámara.

Una de las características de Conrado del Campo es la incorporación de ciertos elementos externos a la obra, haciéndolos suyos, ya sean en forma de evocaciones, melodías prestadas o ritmos folclóricos, como ocurre en el quinto de sus cuartetos, concebido como un acercamiento sonoro a la figura y obra de Gustavo Adolfo Becquer, no desde el perfil anecdótico o el retrato fácil, sino desde la asimilación y comprensión de su mundo poético expresado en las Rimas. A pesar del epígrafe que acompaña al CuartetoCaprichos románticos—, el compositor no se deja llevar  por ninguna actitud caprichosa a la hora de emprender su fantasía, ni siquiera por un excesivo ímpetu, propio de la estética del Romanticismo, sino que más bien lleva a cabo una lectura íntima del poeta, asimilando su compleja estructura metafórica, sus ritmos e internas musicalidades, que convierten a Bécquer en esperanza y brújula de la modernidad española. Conrado elabora, pues, el Cuarteto a partir de una lectura profunda y concienzuda de la obra becqueriana, pero participando de la frescura y el apasionamiento que en todo momento caminan parejos a través de las Rimas. De hecho, cada una de las cuatro partes del Cuarteto está inspirada directamente en cuatro significativos poemas que le prestan sus primeros versos para sus respectivos subtítulos, estableciéndose así un recorrido completo y nada arbitrario de la poética emocional y evocativa que el texto despliega.

El Cuarteto número 5 fue compuesto entre los años 1907 y 1908. Es decir, cuando Falla estaba concluyendo en París las Cuatro piezas españolas gracias a la intervención de Albéniz, que acababa en esos momentos la monumental Iberia. Sin embargo, en 1904, Ravel ya había estrenado la primera versión de su Cuarteto de cuerda, obra de gran envergadura y a la que el autor español se acercaría mucho más tarde, también dentro de su serie cuartetística. Los Caprichos románticos se estrenaron el 28 de febrero de 1908 en el Teatro de la Comedia de Madrid, a cargo del Cuarteto Francés, y posteriormente se interpretarían en el Hotel Ritz madrileño en 1915. En los comentarios que el autor escribió para el programa de mano del estreno, puede leerse: «En las lentas y calladas horas del invierno, en esos crepúsculos de misteriosa sublimidad, cuando el sol esconde su disco rojo entre un mágico fondo de arreboladas nubes, las románticas páginas de nuestro lírico poeta Bécquer parecen más intensas, más llenas de ternura y de pasión…».

La obra se divide en seis movimientos: «Preludio. Molto tranquilo» (Yo sé un himno gigante); «Scherzo, vivo y caprichoso» (Espíritu sin nombre); «Andante, tranquilo muy intenso y dramático» (Dejé la luz a un lado); y «Final, bastante lento y muy severo» (Primero es un albor trémulo y vago).

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