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Martes, 17 de noviembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

Camino del infierno

Por Marta Poza Yagüe

Como la mayoría de las culturas antiguas, también el mundo grecorromano contó con su paraíso y con su infierno. El edén de los griegos era el Elysion, los Campos Elíseos, el lugar de la eterna felicidad destinado a los inmortales, con sus praderas verdes cuajadas de flores. El tormento, en cambio, esperaba a los que habían ofendido a los dioses con grandes crímenes en el Tártaro, el reino de Hades y su mujer Perséfone, ocupado por una mansión de bronce rodeada de murallas y defendido por el temible Cerbero, el can de tres cabezas. Entre uno y otro, fluía la extensión acuosa de la Laguna Estigia con sus aguas negras y heladas, dominio de Caronte, el anciano barquero de los infiernos encargado de trasladar las almas de los difuntos hasta su destino final.

Joachim Patinir (ca. 1480-1524): El paso de la Laguna Estigia (detalle)

Joachim Patinir (ca. 1480-1524): El paso de la Laguna Estigia (detalle).

Óleo sobre tabla, 64 x 103 cm

Núm. de inventario: 1616

Ningún elemento del mito clásico falta en esta tabla que, pese a no estar firmada, nadie duda en atribuir a Patinir. La composición, como suele ser norma en el maestro flamenco, es sabia, calculada de forma precisa, estructurando la escena en tres planos verticales. En el centro, la laguna se convierte en el elemento axial que separa el Elíseo, a la izquierda, del Averno, a la derecha, con una visión panorámica del paisaje que cobra todo el protagonismo minimizando el papel de la figura dentro del cuadro. La pincelada es menuda, detallista, recreándose en la reproducción del mundo vegetal de forma pormenorizada. El color es brillante, satinado, recorriendo prácticamente toda la gama cromática del verde, que se va aclarando u oscureciendo en sus matices en función de su proximidad al plano izquierdo o derecho de la escena, y todo ello potenciado por la incidencia del foco lumínico que parece proceder de un claro abierto entre la masa nubosa del cielo, justo sobre la línea del horizonte.

Y aunque el tema parece tomado directamente de la mitología helena, los diferentes símbolos introducidos por el pintor moralizan la escena, la insertan de lleno en el mundo de la escatología cristiana, de su preocupación por la salvación o la condenación eternas. Así, entre las praderas de los Campos Elíseos, se advierten flores como el gladiolo o el nenúfar amarillo, asociados con la Pasión de Cristo; una pareja de pavos reales camuflados entre la vegetación, uno con la cola recogida, pero el otro con ella desplegada, hablan de la Resurrección; hasta una cierva, que se aproxima a las orillas del río a beber, recuerda la metáfora del salmo davídico y su identidad con el alma cristiana. Esas ánimas puras están encarnadas aquí por las dos figurillas desnudas que son conducidas por sendos ángeles hacia los confines del reino celeste, con sus arquitecturas irreales y transparentes, como levantadas en cristal, que tanto deben al universo onírico del Bosco.

Y frente a ello, entre la oscuridad sombría del Averno y el resplandor de las hogueras que se encienden al fondo, la silueta del can Cerbero, con cada una de sus tres cabezas de diferente color, aguarda amenazadora a las puertas de la torre, en cuya azotea dos negros demonios atormentan a otros tantos infelices desnudos, mientras alguno más cumple ya su pena diseminado entre la hojarasca. En el extremo inferior derecho de la escena, un simio hace referencia a la pecaminosa conducta de los condenados, lo que justifica sus castigos.

Lo quiera o no, este es el destino del alma que transporta el desaliñado Caronte en su barca. Los viajeros han desoído las palabras del ángel que, desde un promontorio próximo a la orilla, les indicaba el camino del Paraíso. Al contrario, ánima y barquero le dan la espalda, conduciéndose a través de las aguas más turbias y opacas de todo el óleo hacia el territorio de las tinieblas.

Propiedad de Felipe II, se encontraba en el Alcázar madrileño en 1734 cuando se produjo el incendio que acabó con el palacio. Salvado milagrosamente, aún colgó de las paredes del Buen Retiro antes de ser depositado en el Museo del Prado con el resto de las obras procedentes de la Colección Real.

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