LITERATURA
Por Camilo Hoyos Gómez
Rafael Argullol (Barcelona, 1949) es uno de esos autores de corte decimonónico: estudió Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información, doctorándose en Filosofía en el año de 1979. Dictó cursos de Literatura en la Universidad de Berkeley como profesor invitado entre 1979 y 1981, para luego ser profesor de Estética en la Universidad de Barcelona y actualmente catedrático de Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde es además el director del Institut Universitari de Cultura. Su producción es igualmente amplia, puesto que es autor de veinticinco libros en distintos ámbitos literarios: en poesía destacan publicaciones como Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte y El afilador de cuchillos; en el campo de la novela Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal (premio Nadal de 1993), Transeuropa y Davalú o el dolor; y en materia de ensayo La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada y Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Destacan, de la misma manera, las obras de aforismos en las cuales, mediante una transversalidad de géneros, logra rebasar cualquier catalogación directa de prosista, ensayista o poeta, como son Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo y Breviario de la aurora, entre otros.
Sin embargo, más allá de situarse en la imagen del intelectual o filósofo, es ante todo un viajero incansable. No sólo el viajero geográfico, aquel empedernido caminante que ausculta en las esquinas más remotas de los mapas, sino también ese rastreador de mapamundis, el arqueólogo infatigable, el descifrador del mapamundi secreto, aquél «cuyos océanos son los recuerdos, cuyos continentes son los pensamientos depositados en el tiempo, cuyos ríos arrastran las emociones de tantas horas, cuyos polos están llenos de vacío y cuyo ecuador atrapa el infinito» (El puente de fuego). Titánica empresa, máxime sabiendo que no hay tal cosa como un único mapamundi secreto de nuestra vida. La huella que marca sus perfiles costeros es aquella de la escritura; sin embargo, aquello que circunscribe es, tal como afirmaría Montaigne, «vano, variable y ondeante». Porque, tal como reclama Argullol, jamás viviremos una sola vida: somos la acumulación de distintos episodios que nos han hecho observar de determinada manera, amar de determinada manera, morir de determinada manera. El viaje a través del mapamundi es, por tanto, vital: «Únicamente la esperanza lo despliega ante nuestros ojos».
La esperanza, aquel vicio atrapado en la caja de Pandora luego del titánico robo prometeico; Elpis, nuestra compañera de viaje. En su labor de rastreador, la esperanza es aquello que vislumbra un momento luminoso en la vida, que es la sombra proyectada hacia la dirección en la cual avanzamos —la patria es hacia donde nos dirigimos, según Argullol: nos forjamos en la variedad del porvenir—. Camino poblado de espectros, recuerdos, destellos, zonas limítrofes, tanto las de la vigilia como las nocturnas. El viaje implica múltiples vidas, múltiples puntos de vista que no siempre reconocen el mismo paisaje. Porque el paisaje, precisamente, es una clave activa, un «sentimiento telúrico», que moldea y forja las distintas facciones de nuestro rostro, desvelando cicatrices de caminos recorridos y naufragios particulares. Las mismas que detallamos al mirarnos al espejo que es, como el centro del laberinto, nosotros mismos.
El peligro de la sorpresa, pues, es una condición dada; el autorretrato, producto indeleble, no es más que «la sombra sorprendida de serlo» (Breviario de la aurora). Una sombra doblemente proyectada: aquella que demarca los senderos recorridos, y también aquella otra que, como un botín inalcanzable, se proyecta ante nosotros en vidas que aún nos quedan por vivir. O que, por lo menos, sentimos la esperanza de vivirlas.
Es de esta manera que la escritura de Argullol arremete contra una actualidad literaria que pretende encontrar en la sencillez de la palabra y en lo mecánico de las leyes del mercado una única esperanza de producción literaria. Pero la esperanza, Elpis, también puede ser espera: la meditación en torno a la escritura, el trabajo forzoso de la producción meticulosa, el trabajo del orfebre que, tras escribir a mano, encuentra en su obra la recompensa de la meditación y la culminación de una facción. La facción que, a pesar de los variados retratos, será siempre el espejo sobre el cual nos reflejaremos: el mar y su soledad que acompaña, tema recurrente de toda su poética.
El Yo de Argullol es solitario; es legitimación de aquella máxima ya expuesta en El Héroe y el Único: «la autocreación dolorosa y gozosa del propio Yo». La escritura es su vital divertimento y su perfecta seducción.