LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Es forzoso, porque es positivo, acatar las decisiones en materia ortográfica de la Real Academia Española, o, últimamente, de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Y es positivo por la sencilla razón de que lo contrario, por justificada que pudiera presentarse cualquier disidencia activa, podría abrir un peligroso portillo a lo jamás deseable, el cisma —ni siquiera un micro-cisma; hay cosas con las que no se juega— ortográfico, en detrimento de un bien superior que debe prevalecer sobre cualquier otro: la unidad de la lengua española. La ortografía unitaria es un pilar fundamental de dicha unidad, y esta una de las poquísimas cosas que yo me avendría —no sin un puntito de zumba, todo sea dicho— a etiquetar de sacrosantas.
En ortografía stricto sensu, pues, lo acato todo, e insto a que se acate. Y punto. (Nunca mejor dicho). Pero ¿punto final o punto y aparte? ¿Acatar sin rechistar? Hombre, tampoco pasa nada por rechistar un poquito, una vez puesto en claro que se hace sin asomo de rebeldía. La sumisión no obsta para el raciocinio sobre el acierto o la conveniencia de ciertas decisiones, máxime si con ello se puede contribuir al debate con vistas a otras que puedan tomarse en el futuro.
La consideración esencial ya se la hizo Nebrija: es bueno «no hazer mudança sino donde mucho es menester». O dicho de otro modo: antes de introducir cualquier cambio en materia ortográfica, asegurémonos muy mucho de que es muy necesario; si no lo es, a lo mejor resulta preferible olvidarse. Tal vez sea el ortográfico el único terreno en que el hiperconservadurismo es justificable.
Me pregunto todavía, diez años después, si una de las dos únicas cosas que la Ortografía académica de 1999 cambió en el capítulo de la acentuación merecía en verdad el cambio tanto como debió de parecerles que lo merecía a quienes lo decretaron. Hablo de la desaparición obligatoria de la tilde en las formas verbales agudas que, llevándola cuando van solas (por terminar en vocal, -n o -s), la conservaban al recibir un enclítico y ahora la pierden: antes de 1999 se escribía llevóse; ahora, llevose. En el mismo caso están las formas verbales monosilábicas con tilde diacrítica: déme pasó a ser deme.
La regla forma parte, desde luego, de la «letra pequeña», que no todos conocen. (Es claro que los hay que han pasado de la felicidad de no conocer la norma antigua a la de desconocer la nueva; tienen la fortuna, también doble, de poder ahora acertar de chiripa y de poder abandonar la lectura de estas líneas). En la lengua de hoy, las formas más o menos habituales a las que afecta no son muchas: estate, estese, mantente, habrase (visto), deme, denos y pocas más. Pues bien, diez años después hay bastantes personas instruidas que por inercia o por desinformación, o por las dos cosas, siguen escribiendo estáte, habráse, déle, etcétera.
Pero el cambio de norma sacudió de lleno a los filólogos que manejan textos antiguos (y no tan antiguos; en los del xix, por ejemplo, todavía abundan las formas verbales concernidas por el cambio). Hay editoriales que siguen vendiendo —y reimprimiendo sin retoques— obras clásicas plagadas de esos acentos ya «fuera de la ley». ¿Merecían la pena este transitorio guirigay y el extenuante borrado de tildes al que se arrastró a filólogos disciplinados y editores responsables?
A primera vista parece que la «nueva» norma, que ya no lo es tanto, se justifica porque elimina una excepción: puesto que se trata de palabras llanas terminadas en vocal o -s, es más regular que no lleven tilde. Pero esa tilde ayudaba al lector a identificarlas rápidamente como verbos, con instantáneo descuento de su apéndice final. En suma, facilitaba la lectura. Y es que no parece recomendable que la imagen visual de una forma experimente alteraciones. Más aún, es este un criterio que la propia ortografía académica aplica: el sustantivo monosílabo té conserva la tilde en el plural, tés, por más que esta forma no coincida con un inexistente pronombre átono *tes. El criterio parece ser este: si la palabra lleva tilde, que la lleve ya siempre, con todas las consecuencias. Pues bien, si se considera la marca de plural como algo adventicio que no tiene por qué alterar la fisonomía de la palabra, ¿no habría el mismo motivo, o mayor, para que un elemento aún más adventicio que aquella marca como es un enclítico no privara de su tilde a dé, habrá y sus compañeras? En definitiva, ¿son deseables las tildes de quita y pon?
Se me dirá que, en aplicación del mismo argumento, para las formas verbales llanas sin tilde que con la enclisis de un pronombre pasan a ser esdrújulas habría de postularse que siguieran sin llevarla (es decir, *diciendome en vez de diciéndome). Pero es fácil redargüir que son casos distintos, pues las formas esdrújulas llevan todas tilde, siempre, y las llanas no. Sería absolutamente insólito que una secuencia esdrújula no llevara acento gráfico, mientras que no lo es, ni mucho menos, que lo lleven las llanas, incluso las terminadas en vocal, -n o -s; ocurre siempre que lo exige la aplicación de otra norma superior, como en reúno, caísteis y mil más, entre ellas... verbos con enclítico, como caíme o salíos.
Un bellísimo endecasílabo de Garcilaso se editaba antes «Lleváme junto el mal que me dexastes» (y no hay ya espacio para explicar ese llevá plural). Ahora es «Llevame...», que los distraídos tienden a leer /llévame/ aunque no vean tilde en la primera e. Vuelvo a preguntar: ¿merecía la pena?