Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
Hay algo en el realismo mágico de la narrativa hispanoamericana que lo aleja, en cierto modo, del lenguaje cinematográfico o, si no tanto, sí ofrece cierta resistencia a mudar el código literario por el del cine. No parece que resulte fácil contar mediante imágenes las historias que se nos narran en estas novelas y cuentos en los que la realidad cotidiana se mezcla con los hechos más extraños con una naturalidad imposible. La influencia de las tradiciones del pueblo, recogidas por autores como García Márquez, las emparentan, en cierto modo, con los tradicionales cuentos europeos, donde lo cotidiano convivía con lo mítico, la ternura con el miedo ancestral. Y el lector actual acepta esa bella síntesis con la misma naturalidad que sus antepasados asumían el personaje de la hermosa mujer con patas de cabra que enamora al humilde pastor, tomando lo irracional como lo que es: la expresión estética de conceptos y sensaciones de otro modo inefables, que retratan un universo que se explica a sí mismo, sin más. Por eso, estas historias plantean ciertas dificultades a la hora de ser contadas visualmente: hay algo en ese proceso de transformación comunicativa que despoja al receptor de su predisposición a aceptar sin reservas esa difícil síntesis entre lo ordinario y lo sobrenatural, que tanto gustó, y gusta todavía. Será, quizá, porque, inevitablemente, el cine ha de cercenar la voz del narrador. Y no es lo mismo describir una colcha que cubre un rancho entero que mostrárnosla y que nos parezca bien. No es lo mismo contar, como si de un viejo cuento se tratara, la historia del nacimiento de Tita, envuelta en tantas lágrimas que de las mismas se obtuvo un gran saco de sal, que hacernos contemplar ese acontecimiento. Nuestra imaginación se rebela un poco ante la evidencia de lo sobrenatural, ante la usurpación que las imágenes incontestables realizan de su libre recreación del imposible. Algo de eso hay en esta película dirigida por Alfonso Arau en 1992.
Como agua para chocolate fue todo un éxito de taquilla, como la novela de Esquivel en que se inspira. Cuenta la historia del amor imposible entre Tita y Pedro, condenados caprichosamente por la madre de ella al desamor y a los celos, con los que se les destina a convivir para siempre. Quizá lo más logrado de la película sea la interpretación que ofrece del código culinario nacido entre los dos causa de su amor incontenible e insatisfecho, y que proporciona a los protagonistas un vínculo tan real como invisible. Los guisos de Tita no son una metáfora: recogen directamente sus emociones y las gritan al mundo, vengando así el terrible silencio que le ha sido impuesto. La amargura, el deseo, la lujuria sin más, son transmitidos por los merengues y las perdices y los chiles de Tita a sus comensales. En sí mismo, este lenguaje, de célebres antecedentes cinematográficos, subraya aquí la manifestación de lo mágico. El tratamiento que se da a la presencia de los muertos, a los frecuentes sucesos propios del ámbito de los sueños, contribuye a recrear con cierta eficacia ese mundo mítico de la novela. Y, en ese universo maravilloso (real-maravilloso) el amor se nos muestra, también, como la única opción del ser humano de acceder, fugaz o tímidamente, a la plenitud.