ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Motores.
¡Alerta, miliciano!
Mientras por la interminable neblina
se van perdiendo las Meninas
y el Carlos V de Tiziano.
«Ese mismo mes de noviembre, María Teresa y yo —cuenta Rafael Alberti en su Arboleda perdida—, con un permiso del jefe del Gobierno Francisco Largo Caballero, entramos en el Prado para iniciar, con un primer envío, el salvamento de las principalísimas obras que el Ministerio de Bellas Artes [sic] de la República se proponía sacar de Madrid. Ya se había recibido la orden de que ese envío lo compusieran dos de lo cuadros más insignes y universales del Museo del Prado: Carlos V en la batalla de Mülberg, de Tiziano, y Las Meninas, de Velázquez.»
También relata lo sucedido aquella noche, en realidad el 7 de diciembre, la propia María Teresa León, delegada del Ministerio de Instrucción Pública: «Entramos en un sotanillo, pasamos silenciosos entre cuadros vueltos del revés, unos sobre otros, bajados de las salas altas a un precario refugio. Arriba todo el museo estaba en pie de guerra. Las ventanas habían sido protegidas por maderas y sacos terreros, la larga sala central era como una calle después de una batalla, la huella de los cuadros manchaba de recuerdos melancólicos las paredes desnudas, hasta la luz que bajaba de las cristaleras rotas era funeralmente triste. Seguramente habían temblado de frío y miedo los cuadros ilustres.» (Memoria de la Melancolía). Las dificultades fueron enormes: faltaban madera y materiales para el embalaje y escaseaban los camiones. Recurrieron al Quinto Regimiento y a los motoristas de la Columna Motorizada para el transporte y la protección del camino.
La noche del envío de Las Meninas y el Carlos V a caballo de Tiziano nadie durmió. «Rafael –sigue diciendo M. T. León—, tan poco amigo de improvisaciones, trémulo de angustia, detuvo la mano de un soldado que encendía un cigarrillo: no, eso no. Y habló con voz cortada de miedo, diciéndoles a aquellos jóvenes combatientes que iban a salir hacia Levante, entre la niebla y el frío, que los ojos del mundo los estaban mirando, que el gobierno confiaba a su custodia un tesoro único, que los defensores de Madrid respondían ante la Historia de las Artes del Museo a ellos confiado.» «Todo va bien», les decían por teléfono desde cada pueblo del camino.
En ese viaje se tentó a la suerte de manera imprudente. Sólo el ángel de la guarda de la infanta Margarita pudo impedir el desastre aquella noche del 9 de diciembre de 1936 en que sendos cuadros cruzaron sobre rodillos el puente del Jarama (Madrid). Se confió ciega y temerariamente en el compromiso y el coraje del pueblo y de los milicianos, a quienes se había concienciado de lo trascendental de su misión. Y en efecto debió ser gracias a su entrega que las obras llegaron a salvo a Valencia. Vienen a la mente unas palabras de Antonio Machado de 1937: «En España lo mejor es el pueblo […] En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva».
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