Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
En 1981, Carlos Saura se decide a realizar una película inspirada en la tragedia lorquiana Bodas de sangre. Según él mismo confiesa, no era la primera vez que le rondaba la idea de llevar al cine esta obra, si bien había desechado la tentación por temor a verse desbordado por la recurrencia de las obsesiones del poeta, por su universo dramático, repleto de volantes y enaguas, cantaores y gitanos (a cualquiera intimida el tratamiento de un tópico, por mucho que el mismo se tome del teatro del personalísimo Lorca; el riesgo es seguro, cómo desprenderse del todo de ese españolismo que suelen entender tan simplistamente algunos). Sin embargo, el director se convenció cuando asistió a una especie de academia de baile en la que ensayaba Antonio Gades. Supo que el ballet que este bailaor había elaborado siete años antes, a partir de la historia que el escritor granadino llevó a las tablas, recogía —pese a prescindir por completo del diálogo— el espíritu que alienta en el fondo y en cada forma de la tragedia y creyó, además, que el lenguaje de la danza, tal y como Gades lo entendía, habría de proporcionarle suficientes garantías de alejamiento de los temidos lugares comunes.
La brevedad de esta versión obligó al director a incluir una primera parte en la película, una especie de marco de carácter documental en el que se nos muestra el ritual de preparación de los bailarines, los momentos previos a la actuación, el maquillaje, los nervios, la elección de atrezo…, y unas reflexiones de Gades sobre su trayectoria profesional. El talento de Saura supo integrar muy bien las dos mitades, de modo que, involuntariamente (o no) crea el efecto, tan del gusto de muchos cineastas y dramaturgos actuales, del teatro dentro del teatro. Sin embargo, lo realmente valioso de la cinta es la historia de pasiones desatadas que se nos cuenta en esta versión sin palabras, durante la última media hora. El baile se ayuda de la música y se mezcla con el teatro para hacernos entender una trama muy sencilla, fácilmente comprensible incluso para quienes desconozcan la anécdota original. La belleza de las coreografías, la expresividad de los cuerpos mostrando rítmicamente la violencia de los sentimientos, que son la esencia de la obra, emocionan desde los primeros minutos. Las guitarras y los cantos subrayan el carácter trágico de cuanto sucede en esa sala de baile en la que la compañía de Gades ensaya. La cámara selecciona los gestos, guía nuestra mirada, destaca los momentos y los silencios. Y el conjunto —palmas, voces, acordes, cuerpos, rostros, tacones— nos aleja de esa gran sala con espejo y nos conduce a un ambiente lejano y mítico, aquel que imaginó el poeta, en el que una mujer gitana huye con su amante el día de su boda para ser perseguida por el novio burlado, que ha de recuperar su honor, aunque pierda su vida.