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Martes, 3 de noviembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

El Jardín de las Delicias (II)

Por Mónica Ann Walker Vadillo

La tabla central de El Jardín de las Delicias representa lo que unos han calificado como la locura desatada o la lujuria. En otras palabras: la continuación del pecado original tras haber descubierto la sexualidad. Hombres y mujeres desnudos habitan un espacio simbólico lleno de animales, plantas e híbridos.

Hieronymus Bosch, El Bosco (ca. 1450-1516): El Jardín de las Delicias (tablero central)

Hieronymus Bosch, El Bosco (ca. 1450-1516): El Jardín de las Delicias (tablero central, detalle).

Óleo sobre tabla, 220 x 389 cm (el tríptico completo)

Núm. de inventario: 2823

Estas figuras parecen llevar a cabo una serie de acciones que se pueden caracterizar como poco habituales. Por ejemplo, unos comen frutos gigantescos, otros se arrastran entre las cortezas, los vegetales y los frutos del mar; en otras partes de la pintura unas figuras montan sobre pájaros enormes mientras otras se azotan las nalgas con flores. En el centro se encuentra un carrusel de jinetes que, montados a lomos de diferentes tipos de animales, giran en torno a un lago donde unas mujeres desnudas se bañan. En la parte superior de la pintura se pueden apreciar unos edificios fantasmagóricos rodeados por pájaros y por tritones voladores. Se trata de un desenfreno de los sentidos donde las figuras comen, beben, se acarician e incurren en actos sexuales tanto reales como simbólicos.

Tanto las frutas que aparecen en todo el panel (fresas, cerezas, frambuesas, etc.) como los pájaros (petirrojos, entre otros) aluden a los placeres sexuales y a la lascivia. Todas las figuras viven un gozo efímero, ajenos a las advertencias de la salvación, y completamente sujetos a la ley del pecado. La desnudez de estas figuras no discrimina al rico del pobre, al hombre de la mujer, al noble del plebeyo, al blanco del negro, todos pueden vivir su pecado con la misma intensidad y la misma insensatez. Sólo dos figuras vestidas y semiocultas en una caverna se mantienen al margen. La mujer parece sostener en su mano una manzana, mientras que el hombre la señala acusatoriamente con el dedo. Estas figuras han sido identificadas como Adán y Eva cubiertos de pelo y avergonzados tras su expulsión del Paraíso.

Si tenemos en cuenta estos datos, el puzle iconográfico que representa este panel no parece tan difícil de resolver —aunque sí lo sea—. De acuerdo con las creencias medievales, el mundo estaba dividido en varios períodos, siendo el primero el que iba desde la Expulsión de Adán del Paraíso hasta Noé y el Diluvio Universal. Según la literatura y la iconografía holandesa del Medievo tardío, este período estaba caracterizado por la decadencia moral y la degeneración sexual. Esta idea se puede justificar si se tiene en cuenta la inscripción que acompaña al panel central: «Como sucedía en los días de Noé». Esta interpretación vería a las figuras que se encuentran en la llanura como pecadores marcados por la decadencia derivada de sus instintos incontrolados y despreocupados por las consecuencias de sus actos. Si esta interpretación es aceptada, la función del panel, y por ende de todo el tríptico, sería ante todo moralista y didáctica, sobre todo si se tiene en cuenta que en el siguiente panel aparece un recordatorio aterrador de lo que les espera a los pecadores en el Infierno.

No querría terminar este rinconete sin mencionar brevemente que, aunque ésta sea una de las interpretaciones más aceptadas, la complejidad de la obra en sí misma ha generado un gran debate y existen otras interpretaciones muy curiosas. Dos de las más interesantes son, por un lado, la hipótesis que considera que el panel está repleto de un simbolismo alquímico y ve a Bosch como un alquimista creyente en la teoría de la transmutación de los elementos y en el elixir de la vida eterna; y , por otro lado,  como no hay ninguna condena de lo que se está viendo y el mundo representado parece altamente deseable (un mundo de felicidad, sin dolor, ni enfermedad, ni muerte), la humanidad se encontraría en un estado de inocencia y, por consiguiente, representaría las ideas religiosas de una secta herética llamada de los adamitas quienes creían en un estado espiritual anterior al pecado original en el que el sexo estaba libre de todo sentimiento de culpabilidad.

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