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Martes, 25 de noviembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Bailén

Por Marta Poza Yagüe

Yo no vi el triste desfile de los 8000 soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda divisiones habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fue otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos días de vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel en número de 9300 hombres, y dejando sus armas en pabellón nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.

Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo.
(Galdós, Bailén, cap. XXXIII).

Así narraba Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, uno de los episodios más gloriosos del ejército español en un siglo xix que, desde el punto de vista militar,  tal vez sería mejor relegar al olvido. El 22 de julio de 1808 y en la casa de postas de Andújar, se producía la capitulación de las tropas francesas que, capitaneadas por el carismático mariscal Dupont, se habían enfrentado a las españolas del general Castaños en las estribaciones de Despeñaperros el día 19 del mismo mes. La Batalla de Bailén, acontecida en los primeros compases de la Guerra de la Independencia y que culminó con la rendición de cerca de 20 000 soldados imperiales, provocó entre la población española y sus dirigentes un estado de euforia y falso optimismo, de convicción en una aparente superioridad en el campo de batalla, que los acontecimientos venideros se ocuparon de desmentir. Durante aproximadamente un lustro aún, el pueblo español se desangró en una cruel contienda en la que las fuerzas nunca estuvieron equilibradas.

Ilustración. José Casado del Alisal (1832-1886): «La rendición de Bailén» (detalle)

José Casado del Alisal (1832-1886): La rendición de Bailén (detalle)
Óleo sobre lienzo, 338 x 500 cm Núm. de inventario: 4265

Algo más de medio siglo después, el palentino Casado del Alisal lo elegiría como argumento para componer una obra maestra. Pintado en París, supone un homenaje a lo mejor de la pintura velazqueña. Como había hecho antes el maestro sevillano en Las Lanzas, también Casado del Alisal —aunque tomándose ciertas licencias históricas— opta por representar el momento de la rendición. Los representantes de cada una de las facciones, identificables sin dificultad por la fidelidad de sus retratos, centran la escena ambientada al aire libre. El general Castaños, seguido por el general Delapeña, el marqués de Coupigny, el mariscal Jones, el coronel Mourgeon, el conde de Valdecañas y el general Reding, saluda cortésmente a sus oponentes quitándose el bicornio, evitando todo gesto de humillación hacia los vencidos. Frente a él avanza el laureado vencedor de Marengo y conde del Imperio, el mariscal Dupont, cuya postura erguida y gesto altivo, sólo compensado por la disposición de sus manos abiertas asumiendo el fracaso, encarna en su figura la dignidad de todo un ejército derrotado. Y, tras cada uno de los grupos protagonistas, el desfilar de sus respectivas tropas.

El lienzo es magistral por muchas razones. Los colores son brillantes. El dibujo es firme, preciso, aunque suavizado en los perfiles por un sabio juego lumínico de luces y sombras que difumina no pocos contornos. Cada personaje ocupa correctamente su posición en el espacio, a la vez que son perceptibles los valores atmosféricos del entorno en el que se desarrolla el suceso: las nubes alargadas que ocultan parcialmente el sol y que provocan que parte de los protagonistas aparezcan en penumbra, una columna de humo al fondo, tal vez último testimonio del fuego de la batalla, o el aire enturbiado por el polvo levantado por los soldados al caminar.

Pero tal vez el aspecto en el que más han incidido e inciden los expertos que han estudiado esta obra es en el acusado realismo con el que se han trabajado todos los detalles. La proximidad de los rostros de los protagonistas con su aspecto real, la precisión en la reproducción de los uniformes y el armamento de los integrantes de cada uno de los ejércitos, de sus estandartes y condecoraciones, algo novedoso en la pintura de historia española de comienzos de la segunda mitad del xix, que había sido aprendido por el artista de sus contemporáneos franceses.

El lienzo, premiado con una Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1864, fue inmediatamente adquirido por la reina Isabel II. Será su nieto, Alfonso XIII, quien lo done al entonces Museo de Arte Moderno en 1921. Antes de su devolución definitiva al Prado, estuvo depositado en el Gobierno Militar de Madrid.

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