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Jueves, 20 de noviembre de 2008

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Literatura

Evelio Rosero: descenso a los infiernos

Por Luis Alonso Girgado1

Hace algunas semanas dábamos cuenta de Los ejércitos, novela con la que el colombiano Evelio Rosero Diago conseguía el Premio Tusquets de novela 2006. Tal novela está en la misma línea de metáforas de la devastación, del holocausto del país que En el lejero (Belacqua, 2007) considerada su antecedente pero, desde luego, más nihilista, más cerrada en el horror infernal de la pesadilla colombiana. Apenas cien páginas ha necesitado el escritor para conducirnos a un mundo dantesco, cruzado por círculos, callejones sin salida alfombrados por miles de ratones putrefactos y espacios cerrados que no ceden a las escenografías más escalofriantes del castigo, del hambre, de la locura, de la muerte.

En el lejero (lejero viene de lejos, puerta o pasillo de perdidos, guardadero o perdedero) desarrolla, densa y condensada, la fábula aterradora que despliega el motivo del viaje y la búsqueda: «Me llamo Jeremías Andrade, tengo setenta años y estoy buscando a mi nieta» (p.69), lo que nos lleva muy directamente, al viajero que iba a Comala a buscar a su padre, «un tal Pedro Páramo». La sombra de Juan Rulfo planea aquí, en una geografía empero de volcán y abismo, de pueblo hundido entre selva y cordillera, por la especial textura visionaria, onírica, fantasmagórica de esta novela de Evelio Rosero donde se entrecruzan los niveles del sueño y la vigilia, de la visión y el recuerdo, de lo real e irreal, del sueño y la percepción sensorial. Todo lo cual se da en un crescendo de la trama que acaba tras una serie de turbadores e inquietantes tanteos del viajero Jeremías por el moridero último al que ha llegado, en un clímax impresionante que reúne personajes y motivos dispersos previamente, reveladores de los límites más extremados de la crueldad y la perversión.

Evelio Rosero ha escrito una novela que se alza a modo de símil o parábola de la realidad de la guerra en Colombia, particularmente de las atrocidades vividas en los pueblos del interior. Sobre tal geografía ha dibujado una negra y devastadora nube que nada deja en pie ni en la naturaleza ni en la condición humana. Hablemos también de una prosa que recarga las negras tintas de esta historia a base de un lenguaje lapidario, conciso y pleno de precisión, de cortante brevedad en su sintaxis y labrada palabra. En el lejero erige (construido con la imaginación y la palabra, inspirado en la tragedia civil colombiana, articulado con firmeza), un universo de ficción insólito y aterrador, pero también dotado de notable autonomía, como la ficción literaria exige. Ese universo es un reducto infrahumano marcado por la más radical degradación de la realidad donde nada es lo que parece, nada es cierto ni seguro, nada posee consistencia salvo los abismos del mal y las penas de un bíblico castigo. Impresionan agudamente estas páginas de alta calidad narrativa que son también un sol negro, una lluvia ácida, un mensaje que anuncia el abandono de toda esperanza. Una lectura necesaria. Absolutamente.

  • (1) Publicado en Nordesía. Diario de Ferrol, 9 de diciembre de 2007. volver
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