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Martes, 18 de noviembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Carlos de Haes y el paisaje realista «Á plein air»

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Podemos definir a Carlos de Haes como la bisagra, o mejor dicho la columna vertebral del género del paisaje de la escuela española del xix.

Ilustración. Carlos de Haes (1826-1898): «Un barco naufragado» (detalle)

Carlos de Haes (1826-1898): Un barco naufragado (detalle)
Lienzo, 59 x 103 cm Núm. de inventario: 3910

Su arte y su magisterio en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid, donde consigue en 1857 la cátedra de paisaje, marcan un punto de inflexión en un arte que a partir de él se hizo creíble y serio, y por supuesto digno para recibir premios y alabanzas. Lo hizo saltar en el escalafón de un puesto mediocre al reconocimiento del que gozaban los géneros pictóricos más apreciados del momento, como el del retrato o el de la pintura de historia. Hasta su llegada, será el paisaje romántico de artistas como Jenaro Pérez Villaamil el más habitual, donde la grandilocuencia y ficticia teatralidad convirtieron al género en los fondos de una novela gótica. Aunque la escuela clásica española contaba con escasos paisajes excepcionales e incluso realistas, como los que se conservan en los fondos de ciertos cuadros de Velázquez, caso de La Tentación de Santo Tomás de Orihuela, La Túnica de José de El Escorial, o sus telas del Museo del Prado como los retratos para la Torre de la Parada, su magnífico lienzo de San Antonio y San Pablo ermitaños, o sus dos famosas Villas Médicis, podemos afirmar que fue un género que interesó bastante poco entre los artistas hispanos a pesar de unas pocas excepciones. Resulta realmente chocante ya que en las colecciones reales hubo gran número de cuadros de paisaje de primera fila, e incluso en el gran proyecto madrileño del Buen Retiro de Madrid de Felipe IV hubo una galería dedicada al género, pero siempre resonando el nombre de artistas foráneos como Patinir, Claudio de Lorena, Poussin, junto a una larga lista de pintores flamencos del siglo xvii.

De procedencia belga, Carlos de Haes pertenece a una familia acomodada de banqueros que se instala en la dinámica Málaga del siglo xix, donde inicia su formación junto al pintor neoclasicista Luis de la Cruz y Ríos. Viaja por Europa, donde conoce la pintura realista. Comienza así su interés por dibujar y pintar paisajes, desde la propia naturaleza saliendo del estudio, de forma directa y objetiva. Logra sacar valores estéticos y netamente pictóricos a los efectos atmosféricos, a la luz de los celajes sobre la orografía del terreno o el agua del mar, a las cambiantes condiciones lumínicas del paisaje según el momento del día o la estación del año. Ya no hacía falta presentar al Cid, ni a San Fernando, ni a los Reyes Católicos para mostrar la nobleza épica del terreno. A pesar del cambio tan rotundo a la hora de entender el paisaje, la crítica supo valorar con entusiasmo y desde el principio su producción, por lo que consigue un sinfín de premios y reconocimientos, especialmente en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes en las que participa a lo largo de su vida. Entre las cualidades de Haes podemos también señalar la capacidad que mostró por superarse, ya que en su dilatada carrera veremos que recibe con mente abierta los cambios que en el género se fueron produciendo en la Francia del último tercio del siglo xix, de la mano de la denominada escuela parisina de Barbizón y de los impresionistas, por lo que su técnica se irá volviendo más suelta, directa y menos académica. Por ello no debe extrañarnos que el propio Aureliano de Beruete, veinte años más joven y alumno del maestro al que acompaña en varios viajes, siguiera por el camino —iniciado por Haes— de pintar al aire libre, logrando llegar a metas mucho más lejanas, acorde a los cambios que se produjeron en el arte de la pintura entre los últimos años del siglo xix y primeros años del xx.

En esta obra se aprecia a la perfección el arte de este artista; en ella consigue con una limitada gama cromática los efectos del cielo sobre un mar que va perdiendo su fuerza según nos acercamos a la playa en la que la bajamar descubre los restos de un naufragio. Seguramente, tal como estudió Cid Priego, se trate del cuadro titulado Restos de un naufragio. San Juan de Luz, expuesto en la exposición que se dedicó al artista en 1899, al año siguiente de su muerte.

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