Música y escena
Por José Ramón Ripoll
Sin duda, uno de los grandes compositores americanos de todos los tiempos es el brasileño Heitor Villa-Lobos, nacido en Río de Janeiro en el año 1887. Su obra no puede concebirse sin el contexto geográfico donde le tocó vivir: una tierra rica en color y en naturaleza salvaje, pero también en elementos musicales que se caracterizan por su vivacidad y, paradójicamente, por su melancolía. Villa-Lobos, sintiéndose atraído por el vigoroso imán de las canciones, danzas y ritos de todo su territorio nacional, investigó a fondo la música popular de su país, pero no abandonó nunca su carrera académica, ni su pasión por los clásicos. Wagner, Puccini, Dukas, Debussy, Stravinski fueron sus referencias fundamentales, pero, sobre todo, Bach. Tras su vuelta a Brasil, después de un largo periplo por Europa, donde estudió a fondo las nuevas tendencias de su tiempo, su trabajo creativo se cristaliza en la serie de nueve Bachianas brasileiras. Se trata de un homenaje continuado al maestro del contrapunto, de quien el compositor bebió en sus fuentes originarias. De todas las «bachianas», la que mejor expresa el carácter, la influencia y, sobre todo, la adaptación personal del espíritu del maestro de Leipzig, es la quinta. Cada una de ellas está concebida para un grupo instrumental o timbre solo. En la número 5, el compositor conjuga, de manera extraordinaria, los materiales musicales autóctonos de diferentes regiones de Brasil con «la atmósfera formal de Bach», según sus propias palabras. La Bachiana número 5 fue escrita en dos períodos. El primer movimiento data de 1938, basado en un texto de Ruth Valadares Corrêa, y el segundo fue compuesto en 1945, sobre un poema de Manuel Bandeira. La obra fue concebida para soprano y ocho violoncellos. El aria es una cantilena de carácter ensoñador, a cargo de la voz, acompañada por pizzicatos de los violoncellos, que evocan las cuerdas de la guitarra. La melodía central es más acentuada, inspirada en el estilo de las viejas «modinhas». La danza o segundo movimiento posee un ritmo más vivo que nos recuerda, de alguna manera, el canto de los pájaros, exigiendo una tremenda agilidad de la voz.
Pero para entender mejor todo este maridaje entre la más pura música culta y popular, tendríamos que acudir al pozo más fresco y auténtico del autor, aquél que evoca el mundo de la infancia: unas veces, por el puro placer nostálgico de recordar el paraíso perdido; otras, como labor pedagógica destinada al pequeño pianista que comienza a hacerse con el instrumento. Como hiciera Bela Bartok con la serie de Microcosmos, Villa-Lobos trata de introducir al joven pianista, no sólo en la técnica instrumental, sino en los ecos y la atmósfera musical de su entorno. Es decir, en la música popular brasileña.
Las Doce ciradinhas fueron escritas en 1925, y son una bellísima muestra del interés pedagógico del compositor. Son piezas llenas de ternura y de cierto lirismo ingenuo que, no sólo atraen la atención del joven aprendiz, sino que expresan, para todos los públicos, un mundo interior lleno de recuerdos y poesía. Las calles de los pueblos brasileños, el son de las canciones infantiles, la marcha de las bandas militares, la sorpresa y el pensamiento del niño se hilan, de manera misteriosa, en esta docena de pequeñas joyas. La heterogeneidad del conjunto es fruto de la rica y variada mirada del autor, capaz, hasta en los momentos más sencillos, de mostrarnos el colorido de sus recuerdos. Nostalgia y presente, tradición y descubrimiento, América y Europa, estructura y magia, son aquí elementos complementarios, más que antagónicos, para poder escuchar a Bach, tras la partitura de Heitor Villa-Lobos.