Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
«Ahora que las obras del Alcázar de Madrid se han concluido cabalmente —contaba un día en la corte don Diego Velázquez—, terminaré de relataros mi misión en Italia aquel año de 1650; espero no aburriros, así que entraré presto en materia. Como bien sabéis, partí con el empeño de adquirir pinturas y esculturas.

Matteo Bonuccelli (s. xvii): Ocho leones (detalle)
Bronce dorado, 72 cm de altura
Núm. de inventario: E-449 y E-453(los cuatro restantes de la serie de doce se hallan en el Palacio Real de Madrid)
Los aposentos que alquilé en Roma a tal efecto estaban cerca de la casa de Don Juan de Córdoba Herrera, arqueólogo diletante y cicerone de excepción, además de hombre discreto. A no ser por su ayuda me hubiera resultado imposible visitar nada menos que siete de las mejores colecciones romanas de antigüedades (entre ellas la del Papa en el Vaticano y las de las familias Medici, Ludovisi y Borghese) al tiempo que tramitaba las solicitudes y buscaba escultores para las copias. Fue Don Juan quien me hizo ver que la compra de originales era, a esas alturas, tarea inalcanzable, dado que el Papa Urbano VII había prohibido en 1636 la exportación de antigüedades. Así que, una vez elegidas las estatuas y con la venia de los propietarios para su vaciado, nos dirigimos, don Juan y yo, a los talleres de la obra de San Pedro del Vaticano, donde todavía trabajaban Bernini y sus ayudantes, para contratar a fundidores y escultores. Mateo Bonuccelli, discípulo aventajado del taller, aceptó y emprendió presto nuestro encargo, comenzando con los moldes en yeso (que cobraba a 60 escudos cada uno) de varias magníficas estatuas de mármol de la colección Borghese, entre ellas un bellísimo Hermafrodita y la Venus de la Concha, fundidas por él mismo dos años después. También inició la fundición de doce leones que hoy sostienen los bufetes de pórfido del Salón de los Espejos. A finales de noviembre de 1650, a mi pesar, tuve que abandonar Roma. El rey no podía figurarse el sinfín de dificultades con las que topé y lo fatigoso de mi labor, y vive Dios que pensó que demoraba adrede mi vuelta.
Me hacía llegar apremiantes misivas para que retornara cuanto antes pues le urgían mis servicios como pintor de cámara. Dejé a Don Juan de Córdoba encargado de todo junto a un escultor llamado Giuliano Finelli e inicié el camino de vuelta. En Venecia compré unos lienzos con el dinero enviado por el virrey de Nápoles, el conde de Oñate, y el 23 de junio de 1651 llegué a Madrid. Como podréis imaginar, volví fascinado de este viaje; las esculturas de los antiguos me impresionaron tanto que, os confieso, no he podido resistirme a inspirarme en ellas; si os fijáis bien en mi cuadro de Marte veréis al Ares Ludovisi, en Mercurio y Argos algo hay del Galo moribundo y en mi alabada Venus del Espejo reconoceréis al Hermafrodita Borghese.
En cuanto a los leones del Salón de los Espejos que tanto admiráis, Bonuccelli los fundió en bronce a partir de unos briosos modelos de arcilla que tenía en el taller. Uno era copia de un león antiguo de mármol que había en la logia de los jardines Medici; el otro había sido copiado por un escultor llamado Flaminio Vacca en 1592. Bonuccelli hubo de modificar un poco, a demanda mía, las cabezas y las patas delanteras para acomodarlos a las mesas. Tras dorarlos, los entregó al virrey de Nápoles para su envío a España. Los dos primeros llegaron en verano de 1651».