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Jueves, 6 de noviembre de 2008

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Literatura

Iniciación de Luisa Valenzuela

Por Luis Alonso Girgado1

Por casualidad han coincidido en librerías dos títulos de la argentina Luisa Valenzuela. Uno, La Travesía (Belacqua, 2007), es su novela más reciente; el otro, Hay que sonreír (Fondo de Cultura Económica, 2007), su novela inicial, escrita en París en 1959, publicada en 1966 y ahora reeditada con esmerada pulcritud. En medio de ambas, una carrera literaria con una veintena de títulos entre novelas, libros de relatos y ensayos.

De las primeras, El gato eficaz (1972), Como en la guerra (1977) o Cola de lagartija (1983) son de lo más relevante de su trayectoria como novelista. Estamos ante una mujer de itinerante biografía —vivió en varias de las más importantes ciudades del mundo—, de producción ciertamente extensa y traducida a numerosos idiomas, afincada desde 1989 en el barrio de Belgrano y muy interesada en la situación y condición de la mujer, en la problemática historia de Argentina y en el lenguaje (y su relación con la mujer). Exploradora de zonas oscuras del ser humano, se adentra en el universo de las pasiones y deseos sin renunciar al poder del erotismo.

Nada tiene de raro que en Hay que sonreír, su revelación como novelista, aparezcan elementos que, luego desarrollados y profundizados, van a ser claves de identidad de la Luisa Valenzuela narradora. Sí nos sorprende, en este título ya distante en el tiempo, su mezcla de ingenuidad, de ternura, de sencillez cotidiana con zonas realmente duras y ásperas de la realidad que la escritora enfrenta: un Buenos Aires de barrio y conventillo, de burdel y emigración, de tango arrabalero en el que una joven, Clara, despojo de un marginado mundo rural, apenas logra corregir su condición y su destino: desde sus primeros pasos en la prostitución hasta esclavizada por otra solitaria víctima, Alejandro, que rumia su fracaso en el mísero conventillo. Ni siquiera la tentativa de fuga de la realidad que representa el mundo de las barracas de feria consigue ser un asidero frente al peso de un destino que encuentra en el título de la novela una irónica pero inútil respuesta.

El ayer y el hoy, el tópico y la expresión y sensibilidad más novedosas convergen en esta Hay que sonreír que nos convence por su aval de autenticidad, de abierta y sincera (y dolorosa) verdad humana. Y esa autenticidad hace de carne y hueso, de lacerada humanidad a Clara, indesmayable en su intento de salir del túnel, de encontrar el amor y rozar siquiera la felicidad. Así mismo auténtico resulta el lenguaje, de limpio coloquialismo, de abierta sentimentalidad, pero descarnado, áspero en ocasiones. No poco, en fin, de conmovida tristeza, de cerrada marginalidad, de doloroso e insalvable fracaso en la búsqueda de redención existencial hay en esta novela en la que el melodrama es una constante tentación y la mujer asume su condición de víctima desde una actitud de resistencia con la que enfrenta degradación y sometimiento.

Novela muy bonaerense, muy argentina, Hay que sonreír, que contiene —implícitas y explícitas— más de una airada denuncia, más de una anunciada desesperanza, más de una ilusión desvanecida y efímera, más de un ultraje del destino, es una novela donde la vida se enfanga y marchita sin que sus trágicos actores vean alguna luz en un inclemente horizonte. Novela para recordar.

  • (1) Publicado en Nordesía. Diario de Ferrol, 6 de enero de 2008. volver
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