Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Entre los paisajistas españoles del siglo xix no debemos olvidar al escurialense Rico Ortega. Desde bien pequeño mostró unas interesantes dotes en el arte de la pintura. De la mano de su maestro Vicente Camarón, inicia su incursión en el género del paisaje.

Martín Rico Ortega (1833-1908): La Torre de las Damas en la Alhambra de Granada (detalle)
Lienzo, 62,5 x 39 cm
Núm. de inventario: 2623
Fue alumno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y participó en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes donde comenzó el reconocimiento de la crítica por sus dotes pictóricas. En 1859 continúa sus estudios en París donde recoge la lección realista de la denominada Escuela de Barbizón respecto a la representación de la naturaleza. De nuevo en España, entra en contacto con el genial maestro catalán, Mariano Fortuny, con el que mantendrá una fecunda amistad a lo largo de toda su vida; a modo de homenaje creó junto a Raimundo Madrazo en 1878, cuatro años después del fallecimiento del pintor catalán, el célebre Salón Fortuny en la exposición Universal de París. De él aprenderá el preciosismo técnico de su pintura, así como el gusto por el «orientalismo», cualidades que sin duda se aprecian en esta conocida pintura de la Torre de las Damas de la Alhambra. Conoció los laureles y las mieles del éxito durante su vida. Asistió a disputas por sus obras entre afamados coleccionistas americanos y europeos. Su fama llegó a su cenit tras recibir un sinfín de premios en España y Francia, y las condecoraciones de la Legión de Honor francesa o la Encomienda de Isabel la Católica.
En este magnífico lienzo se yergue airosa la famosa Torre de las Damas del palacio nazarí de El Partal, sobre la muralla norte de la Alhambra y el acantilado que se precipita hacia el río Darro. Al fondo se adivina el palacio del Generalife, almunia real de los reyes granadinos. El punto de vista elevado respecto al suelo, posiblemente tomado desde la Torre del Peinador de la Reina, el tratamiento de la naturaleza con los dos grandes álamos que continúan por encima de la pintura, inciden en la monumentalidad e incluso dignidad del edificio protagonista, que sobresale entre casas, de origen palatino, ahora completamente arruinadas. La sutileza de la gama cromática, la precisión del dibujo, la luz que baña inexorablemente toda la escena y la técnica preciosista de los pinceles de Rico Ortega, sin olvidarnos de los niños del primer término que juegan en lo que parece el jardín de su propia casa, nos llevan a recordar las obras de Mariano Fortuny. Ambos artistas coinciden en Granada durante su estancia en la ciudad andaluza entre 1871 y 1872. Ambos supieron ver en los vestigios nazaríes de la Alhambra el esplendor de un pasado lejano, terriblemente olvidado durante el ilustrado siglo xviii responsable de su ruina y abandono. Frente a la fama del Palacio de los Leones o de la Torre de Comares, así como del inacabado Palacio de Carlos V, tan ponderado por los arquitectos neoclásicos, Rico Ortega prefiere mostrarnos otra imagen menos conocida de la ciudad nazarí, aunque más veraz, descarnada, sentida e íntima. Casi podríamos decir que denuncia de forma objetiva el abandono que padece frente a esa imagen encantada y literaria de leyendas y tramoyas que los viajeros, escritores y artistas de los siglos xviii y xix se habían empeñado en difundir del edificio granadino. La recuperación del pasado histórico de la Alhambra había comenzado.