Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
La imagen alegórica de los dos caminos, uno recto y cómodo para el caminante, que sin embargo conduce a la perdición del alma, y otro estrecho y tortuoso, pero cuyo recorrido tiene como premio al final la salvación, es metáfora habitual entre los escritores cristianos de todos los tiempos.

Paolo Caliari, Veronés (1528?-1588): El joven entre la virtud y el vicio (detalle)
Lienzo, 102 x 153 cm
Núm. de inventario: 499
El tema, sin embargo, no es originario de la tradición judeocristiana sino que, convenientemente moralizado, hunde sus raíces en el pensamiento clásico. Es san Basilio Magno (s. iv), quien, en uno de sus trabajos en los que trataba de concienciar a los jóvenes sobre la necesidad de aprovechar lo que de bueno hubiese en las palabras de los escritores antiguos, nos pone sobre la pista de un tratado del sofista griego Pródico de Ceos (s. v a. C.), titulado Hércules en la encrucijada, en el que el filósofo heleno presenta al mítico héroe como modelo de conducta por su elección de la virtud y su rechazo del vicio. Perdido el texto de Pródico, se conoce su contenido gracias a su recreación en los Memorables de Jenofonte.
Según nos cuenta este conocido historiador, Hércules, a punto de pasar de la infancia a la juventud, se encontraba un día meditando sobre qué camino seguir cuando acudieron a su encuentro dos mujeres: «una de honesta apariencia y noble presencia […]; la otra, por el contrario, dotada de una suave redondez y embellecida con afeites, de modo que parecía ser más blanca y sonrosada de lo que realmente era...». Cuando estuvieron a su altura, cada una de ellas le dirigió la palabra. La que se identificó como Felicidad, aunque añadiendo que sus enemigos la llamaban Vicio, fue la primera en intervenir:
Veo, Herakles, que dudas hacia cuál camino dirigir tu vida. Si quisieras considerarme tu amiga y me quisieras, te conduciré por un camino más dulce y fácil; no carecerías de ningún goce y vivirías ayuno de toda dificultad. No tendrías, en primer lugar, que preocuparte de la guerra ni de la política; tu única ocupación sería pensar qué comida o bebida elegirías que te fuera más agradable, o qué espectáculos deberías ver y qué disertación oír que te deleitaran, o qué cosas tendrías que oler o tocar que te proporcionaran placer, o qué jovencitos habrías de tratar que te deleitaran en sumo grado, o cómo podrías dormir del modo más cómodo y cómo conseguir todo esto con el menor esfuerzo posible. Si es que sospechas que serían necesarios ímprobos esfuerzos para dar nacimiento a estos goces, no te invada el temor de que te lleve a ellos a través de fatigas y padecimientos corporales y espirituales, sino que te servirías del trabajo que los demás realizaran, sin desperdiciar nada de donde sea posible obtener algún beneficio. Pues yo proporciono a los que vienen conmigo los medios de obtener provecho de cualquier modo.
No tardó en replicar la Virtud, con un discurso completamente distinto:
Me presento ante ti, Herakles, sabiendo quiénes son tus padres y teniendo conocimiento de la naturaleza de tu educación. Por lo cual espero que, si eliges el camino que lleva hacia mí, llegues a ser un muy excelente ejecutor de nobles y dignas hazañas, y que yo aparezca como mucho más honorable e ilustre por el bien causado. No voy a engañarte con promesas de placeres, sino que te expondré, sin apartarme de la verdad, la realidad de las cosas tal como los dioses lo dispusieron. Nada que sea bueno y hermoso conceden sin trabajo y esfuerzo los dioses a los hombres. Por tanto, si tú quieres que los dioses te sean propicios, debes honrarlos; si gustas de ser estimado por tus amigos, has de reportarles beneficios; si deseas recibir honores de alguna ciudad, préstale algún servicio; si tienes el deseo de que toda Grecia te admire por tu virtud, has de intentar ser el benefactor de Grecia; si quieres que la tierra te de abundantes frutos, debes cultivarla; si estimas preciso enriquecerte con el ganado, tienes que prestarle cuidados; si quieres engrandecerte por méritos de guerra y poder liberar a los amigos y someter a los enemigos, has de aprender de los expertos el arte de la guerra y ejercitarte en la práctica de la misma; si quieres tener vigor corporal, debes acostumbrar al cuerpo a servir a la mente y ejercitarlo con esfuerzos y sudores...
[…] Mis adeptos […], cuando les llega el término marcado por el destino, no yacen sin honores en medio del olvido, sino que florecen eternamente glorificados en el recuerdo. Y a ti, Herakles, hijo de ilustres padres, te es posible alcanzar esa dichosísima felicidad, si sigues con ardor mi camino.
Estos textos tienen correspondencia puntual con un lienzo de Veronés, conservado en El Prado. En un espacio ajardinado, con unas arquitecturas clásicas como fondo, un adolescente, vestido de terciopelo carmesí según la moda italiana del Renacimiento, se dispone a dar la mano a una mujer de noble porte, cubierta únicamente por un sencillo manto rojo sobre la túnica blanca. De aspecto sobrio, destaca el adorno de laurel que prende de sus cabellos, símbolo de victoria. Frente a la pareja, otra mujer de actitud insinuante, ataviada como las cortesanas venecianas que desabrochaban sus corpiños dejando asomar sin ningún pudor sus senos, los contempla desafiante, cómodamente reclinada ante un cortinón adamascado. Como terminará sucediendo con Hércules en el relato de Jenofonte, también en el lienzo el joven ha tomado ya su decisión: seguir, pese a las dificultades, el camino de la Virtud.