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Martes, 6 de noviembre de 2007

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Arte / Claroscuro

La orden de Santiago

Por Juan Carlos Ruiz Souza

A pesar de sus antiguos orígenes, ser miembro de la Orden de Santiago, formaba parte de las aspiraciones más codiciadas por los hombres del siglo xvii, por lo que el ingreso a tan elitista «club» no era camino sencillo.

Ilustración. Juan Carreño de Miranda (1614-1685): «El duque de Pastrana» (detalle)

Juan Carreño de Miranda (1614-1685): El duque de Pastrana (detalle)
Lienzo, 217 x 155 cm Núm. de inventario: 650

Miembros de la más elevada nobleza, como Don Gregorio de Silva Mendoza y Sandoval, Duque de Pastrana, que ahora contemplamos, u otros de la familia real, tenían el camino más fácil, frente aquéllos que no podían certificar paso a paso los limpios orígenes de cristiano viejo de sus antecesores o de que sus ingresos económicos no procedían del trabajo de sus manos. Famoso es el juicio al que tuvo que someterse otro Silva, el gran Velázquez, donde tuvieron que testificar amigos suyos como Zurbarán para aclarar que sus limpias raíces eran ciertas y que su arte no se veía motivado por la obtención de ganancias económicas que enturbiasen su forma de vida. Además, frente a la manualidad atribuida al arte de la pintura, él defendió siempre su carácter intelectual. Lejos quedaban ya los orígenes de la Orden de Santiago. Corría el año de 1170 en Cáceres cuando al ser tomada la ciudad por Fernando II de León se hizo necesario diseñar una estrategia que asegurase la compleja conquista recién realizada. Un conjunto de caballeros liderados por Pedro Fernández y animados por el monarca y el obispo de Salamanca Pedro Suárez de Deza, se organizaron en una cofradía primero y en una milicia religiosa después siguiendo en buena medida la regla de San Agustín. Se pusieron bajo la advocación del Apóstol, y su estandarte, tras negociarlo con el arzobispo compostelano. Así nacía la Orden Militar de Santiago, con el tiempo centró sus intereses en la Corona de Castilla y se independizó de cualquier poder religioso intermediario que no fuera la propia Roma, consiguiendo así la monarquía su control. La orden de Santiago se convirtió en un poder fáctico esencial para los monarcas castellanoleoneses en su política de expansión y organización del territorio conquistado de Al-Andalus.

El extraordinario poder (político, militar, económico, judicial, etc.) que llegó a detentar el maestre de la orden santiaguista hizo que sus movimientos fueran seguidos minuciosamente por los monarcas, y que la más alta nobleza intentase, por todos los medios, detentar el título que posibilitaba su control. Todo ello explica que durante siglos y siglos, formar parte de dicha orden militar, que terminó perdiendo su propio carácter bélico frente a otro de carácter puramente elitista y social, se convirtiese en un objetivo primordial a conseguir por todo aquél que quisiera medrar en la corte.

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