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Viernes, 2 de noviembre de 2007

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Cine y televisión

Clásicos (o no) del cine español (3):
El extraño viaje

Por Llanos Navarro García

Aunar el cine negro con el humor no debe de ser tarea fácil. Aunque al parecer el humor es ingrediente imprescindible en toda obra en que intervenga el genio de Fernando Fernán Gómez. Las situaciones menos propicias pueden ser el contexto inesperado en el que surja, contra todo pronóstico, una sonrisa (amarga, cómplice o sorprendida) en el rostro del espectador. Pero es que, en el caso de El extraño viaje, a esta síntesis de géneros tan poco dados a la convivencia se ha de sumar el inevitable fondo de crítica social que, lejos de aparecer subliminalmente, lo hace sin ninguna sutileza, de modo que es este uno de los aspectos más obvios y mejor logrados de la película.

Los personajes-tipo se entrecruzan constantemente, interpretando a la perfección el rol que les corresponde, y dando lugar así a la creación de un escenario en el que todos los ingredientes redundan en la recreación de la más típica vida de un pequeño pueblo español de los años sesenta, donde no faltan las comadres, censoras de todo atisbo de libertad; la mujer virtuosa, que ha de reprimir hasta el fundamentalismo la más mínima concesión al deseo; la chica que sueña con una existencia menos prosaica, por lo que cargará con su particular estigma… Y, en medio de tan cotidiano escenario, junto a una aproximación tan divertida como lúcida a los tópicos que regían el comportamiento de los españoles de la época, entre los ires y venires de una modestísima orquesta ambulante, las parejas que esperan impacientes la noche del sábado para bailar mientras son observadas por madres, tías y vecinas, en medio de tanta normalidad, se logra crear un escenario del crimen que llegará a ser sumamente funesto: la vieja casa de la plaza donde viven los tres hermanos que protagonizarán el suceso, la cual posee los pertinentes tintes de inquietante misterio propios del género.

Pero el miedo y el desasosiego que habrían nacido de esta historia, si hubiera sido narrada completamente en clave de cine negro, se ve siempre relativizado por la inesperada salida humorística, que preside cualquier momento de máxima tensión (como el llanto de Venancio y Paquita por su hermana o el modo que tiene de delatarse el personaje de Larrañaga, por ejemplo). Y, sin embargo, la presencia de la comedia no anula en absoluto el contenido dramático de una historia en la que el personaje de Ignacia (versión semidesinhibida de Bernarda Alba), representa el máximo rigor moral contra todo indicio de vitalismo, ante el que, no obstante, sucumbe, manteniendo una ambivalencia de la cual es víctima finalmente. También el joven galán experimentará una transformación a los ojos del espectador, gracias a la excelente técnica narrativa de la película, que lo llevará de la frivolidad aparente a la codicia manifiesta, pasando por el asesinato. Al final, las cosas permanecerán como estaban, una vez el suceso haya pasado a los anales de los recuerdos del pueblo: los prejuicios se mantendrán, las mujeres mutilarán sus naturales afectos y los ancianos seguirán buscando en su actitud de chavales su particular burla a la muerte.

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