ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Miguel Ximénez, nació en Guadalajara pero desarrolló su carrera de pintor en el Reino de Aragón, donde se le documenta desde 1466. En 1481 intervino en la restauración del retablo mayor de la Seo de Zaragoza junto a Bartolomé Bermejo y tres años después fue nombrado pintor de Fernando el Católico. Trabajó para el cabildo zaragozano y para otras localidades aragonesas, a veces en colaboración con Martín Bernat. Esta tabla de Santa Catalina procede de la iglesia de Santa María de Ejea de los Caballeros. Su retablo, contratado en la década de 1470, fue desmontado a principios del siglo xx, dispersándose sus tablas. En el Museo del Prado se conservan la predela, con la firma del pintor (adquirida en 1930), el Calvario y dos de los santos titulares, Santa Catalina de Alejandría y San Miguel Arcángel (en el museo desde 1983); la tabla central dedicada a la Piedad se halla en el Museo de Zaragoza.
Son numerosos los retablos aragoneses de esta época dedicados a la mártir de Alejandría. La causa de tal devoción quizá haya que buscarla en la estrecha vinculación existente entre la Corona de Aragón y el monasterio de Santa Catalina del Sinaí, en Egipto. Éste, a pesar de ser una comunidad ortodoxa y de estar en territorio infiel, recibió protección y generosas donaciones de los monarcas aragoneses, quienes, además, se ocupaban de las gestiones diplomáticas necesarias para facilitar la visita de los peregrinos hispanos. La mayoría llegaba por mar desde el puerto de Barcelona, que en los siglos xiv y xv rivalizó con Venecia en el tráfico comercial y de peregrinos hacia Egipto, Siria y Tierra Santa.
El monte del Sinaí donde, según relata el Éxodo, Dios se apareció a Moisés para transmitirle los Diez Mandamientos, fue un centro de peregrinación incluido desde muy temprano en el itinerario a Jerusalén. En el siglo vi, Justiniano fundó a sus pies un monasterio dedicado a la Transfiguración, que después se identificó con el lugar al que los ángeles habían trasladado el cuerpo de Santa Catalina, por lo que en el siglo xi se cambió su advocación. Un caballero castellano llamado Pedro Tafur, que visitó el monasterio en 1437-1438, decía en el relato de su viaje que la iglesia del monasterio era «de buena fazion a la manera de Grecia [...] El cuerpo de la Santa está debaxo del altar mayor; yo non vi su cuerpo, porque non lo acostumbran mostrar, salvo de lugar que onbre non lo puede bien devisar». Tafur debió ver también en la iglesia una tabla de Santa Catalina, pintada en Cataluña o Baleares y donada en 1387 por el cónsul aragonés en Damasco. El caballero, que había embarcado en Venecia, se dirigió primero a Palestina, donde permaneció tres semanas. Tras recorrer los lugares santos, su curiosidad le llevó a disfrazarse de musulmán para entrar en la mezquita de la Cúpula de la Roca de Jerusalén, que se creía entonces el Templo de Salomón. De nuevo por mar, Tafur partió hacia Egipto con la intención de visitar Santa Catalina del Monte Sinaí «que es cerca del mar Vermejo». Sin embargo, fascinado por el Nilo, se demoró en El Cairo «cerca de un mes mirando muchas cosas e muy estrañas». Una vez obtenido el permiso del sultán, atravesó el sofocante desierto acompañado de un trujamán. A su partida del monasterio, el prior le concedió la «divisa de Santa Catalina, que es la rueda de las navajas de oro» y él, dado que carecía de riquezas, dejó sus armas.