Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Con un párrafo de muy buena factura comienza la obsesiva, circular y trágica crónica fami1iar que el colombiano —acreditado narrador en su tierra— Tomás González (n. en Medellín, 1950) ha publicado con el título de Los caballitos del diablo (Belacqua, 2006) en una de las editoriales del solvente Grupo Norma de Colombia. Novela anclada en la tradición de la narrativa colombiana en su veta telúrica, pero, afortunadamente, limpia de adherencias en forma de mensajería política o social y, por el contrario, alzada en el canto al exuberante y feraz espacio cordillerano, al esplendor verde que rodea al reino de la casa y se vierte en una deslumbrante geografía poblada por árboles y pájaros, plantas y frutos, animales domésticos e insectos. Todo lo cual se traduce en un inventario léxico que hace de la prosa de esta obra un asombroso vivero verbal que es un disfrute para el lector y que, por momentos, brota en una eclosión hiperbólica cuando «las orquídeas alcanzaron un paroxismo de esplendor» (pág. 120).
Pero esta es una novela de contrarios, de sombras y fulgores, de vida y de muerte, de urbe (abajo) y cordillera (arriba) y es, al tiempo, la crónica de un hombre que es una sombra huidiza, silencioso y solitario, un fantasma «que desaparece entre las plantas» (pág. 36) y que, no sin pagar un alto precio, sobrevive en la forja de su paraíso, en la construcción de su casa y el trabajo en la tierra, mientras, como un reiterado contrapunto —«la gente había empezado a matarse... la gente hablaba de asesinatos... los muertos que aparecían cada mañana en zanjas y pastizales...» (pág. 136)— la atmósfera de violencia sube hasta los límites del cerco a esa casa, al santuario donde el hombre se aísla y se entrega a la tierra, a la naturaleza fecunda.
Tomás González se ha adentrado en bien conocidos terrenos de la novela de su país, donde se dispara la espiral de muerte —«mataron a los animales y ahora se masacran entre ellos» (pág. 141)— tal vez para, sin ocultar la violencia desatada, ofrecer una posibilidad de resistencia, volver la vista a la naturaleza y, a sus dones y al trabajo del hombre, vuelto al seno primero de una naturaleza feraz y generosa. La casa resulta, así, el símbolo de la penetración del hombre en la tierra y de su perpetuación de la estirpe.
Tiene por momentos Los caballitos del diablo algo de la grandeza y temblor míticos y en el contarse de su fragmentaria trama es mucho lo que se elude, lo que sólo lacónicamente se nombra, lo que el silencio deja entreabierto y lo que la escueta palabra o el relieve cincelado de la frase potencia en muy alto grado de expresividad. Todo ello en un microcosmos crispado de contrastes en el que aletea la destrucción, el miedo, el rencor, la pesadilla del horror de los crímenes, la desolación de las gentes y su impotencia. Enfrente la historia de un hombre y su particular pelea por la vida, su búsqueda del reino y su capacidad para sobrellevar, aferrado a la tierra, el cerco de la violencia. Distinta y cuajada aventura narrativa esta de Tomás González, que acredita la vitalidad de la actual novela colombiana y el atractivo que ofrece al lector de hoy a través de voces tan numerosas como destacadas. Los caballitos del diablo es una elocuente muestra de lo que decimos. Novela que gusta; texto que, denso de sensorialismo, saboreamos con placer en el esplendor de la palabra. Léanla, por supuesto.