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Martes, 21 de noviembre de 2006

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ARTE / Claroscuro

«¡Esta es mi doña Inés¡ ¡La que yo había soñado!»

Por Marta Poza Yagüe

A finales de 1890, una jovencísima María Guerrero cosechaba, con tan sólo veintitrés años, uno de los mayores éxitos de toda su carrera como actriz. Su interpretación de la doña Inés del Tenorio,en el madrileño Teatro Español, hizo levantar al público de sus asientos al tiempo que, según recogen las crónicas periodísticas de la época, llevó a exclamar al mismísimo Zorrilla al verla sobre el escenario: «¡Esta es mi doña Inés! ¡La que yo había soñado!». Aficionada desde niña a ser retratada por reconocidos pintores, María se hará representar, caracterizada como la protagonista del drama, por uno de los miembros más destacados de la principal saga de artistas del todo el siglo xix español: Raimundo de Madrazo.

Sobre un fondo ocre, apenas sugerido por unas rápidas pinceladas de extraordinaria frescura y modernidad, resalta la figura única y dominante de la actriz. Un largo rosario de gruesas cuentas de azabache y un pequeño libro de oraciones del que casi asoman unos pliegos —¿tal vez la encendida carta de don Juan?—, son los únicos complementos al amplio hábito blanco de novicia que viste la protagonista. Sin embargo, bajo esta aparente sencillez compositiva, hasta el más mínimo detalle está cuidadosamente estudiado para que el resultado final transmita, del modo más fiel posible, todo el candor y la inocencia que revisten a la hija del Comendador Ulloa en el texto de Zorrilla.

Plenamente identificada con su papel, María Guerrero aparece representada de perfil, en actitud reposada y con aspecto sereno. De elegante porte, concentra toda la carga emocional en la expresión del rostro. Con la cabeza ligeramente reclinada sobre el hombro, baja dulcemente la mirada con una amplia caída de párpados. Un potente foco de luz procedente de lo alto baña su figura con una suave claridad, casi como una evocación mística a la inocencia virginal de la protagonista del drama. Sólo con contemplar la imagen del cuadro parecen acudir a la mente las palabras con las que la abadesa del monasterio sevillano de las Calatravas se refiere a doña Inés: «Joven cándida y buena», «mansa paloma» o «lirio gentil».

Que el pintor elegido fuese Raimundo de Madrazo no es de extrañar. Además de su reconocida fama como uno de los mejores retratistas del momento, el artista debió de formar parte del círculo de amistades de la familia Guerrero. En una entrevista aparecida en La Época el 11 de noviembre de 1891, la actriz se refiere a su hermano Domingo, entonces residente en París, en estos términos: «Su pasión es la pintura y estudia ahora con Raimundo Madrazo, Sala y con Domingo». Puede no resultar descabellado pensar que este cuadro fuese realizado en el mismo taller parisino en el que estudiaba su hermano. Sólo unos meses antes de la entrevista, a finales de julio del mismo 1891 (año que coincide igualmente con el consignado en el lienzo junto a la firma del autor), María Guerrero se había trasladado a la capital francesa con la intención de recibir clases de arte dramático del reputado Coquelin. Es muy probable que la estancia fuese aprovechada, también, para servir como modelo para el retrato.

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