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Martes, 14 de noviembre de 2006

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ARTE / Claroscuro

Agostino Carracci y el decoro

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Agostino Carracci fue uno de los pilares de la Academia de Bolonia, institución esencial en la renovación de la pintura manierista y origen de lo que hoy denominamos pintura barroca. Agostino a diferencia de su primo Ludovico y de su hermano Annibale, fue tal vez el menos apasionado y el más cerebral. A él corresponde el soporte teórico e intelectual de la academia, gracias a su sólida formación en las fuentes literarias de la antigüedad, especialmente en mitología, y al estudio de los grandes artistas del Renacimiento; de hecho ayudó a su hermano Annibale en los más importantes proyectos, gracias a sus conocimientos teóricos, como se demuestra en los frescos del palacio Farnesio de Roma. Fue un magnífico grabador y sus estampas sirvieron para la formación de los alumnos o incamminati, tal como eran conocidos, al poder contar con un material imprescindible en sus ejercicios de copiar y aprender modelos. En ellas podían encontrarse posturas de manos, expresiones faciales, fórmulas y diseños compositivos de los grandes artistas, y en sus grabados la academia encontró un magnífico medio de difusión. Tal vez en el grabado, más que en la pintura, pudo Agostino mostrar la verdadera dimensión de su personalidad, ante el esfuerzo de abstracción que conlleva el complejo proceso técnico del grabado en cobre, donde el color y la luz se resumen en líneas, manchas de tinta y en el blanco reservado de la propia estampa.

En este lienzo de la Sagrada Cena, perfectamente compuesto, encontramos uno de los grandes temas del Nuevo Testamento, y más aún tras la Contrarreforma, al convertirse en la máxima representación del sacramento de la eucaristía, frente a las críticas de la Reforma protestante. Observamos en el lienzo la influencia que recibe de la pintura veneciana, de hecho durante mucho tiempo fue considerada esta obra como perteneciente a la escuela de Tintoretto, donde la gran arquitectura clásica sirve de marco a la escena. La historia es tratada con gran decoro, tal como querían los clérigos y teóricos formados a la sombra del Concilio de Trento, es decir, al no mostrar apenas elementos que pudieran distraernos del mensaje religioso, tan sólo se presenta a un criado con una cesta de panes. Los grandes maestros del Renacimiento veneciano del siglo xvi no escatimaban lujo alguno en presentar la misma Santa Cena acompañada de todo tipo de elementos anecdóticos, animales o personajes que dinamizaban la seriedad de tan elevado acontecimiento. Semejante falta de decoro provocaba la ira y la crítica de los inquisidores, lo que terminaba en la corrección obligada de la obra, o en el corte de la propia tela, tal como le sucedió a artistas de la talla de Pablo Veronés, al ser obligado a corregir una Sagrada Cena, que finalmente fue más fácil cambiarle el título por el de Cena en casa de Leví (1573, Galería de la Academia).

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