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Martes, 7 de noviembre de 2006

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ARTE / Claroscuro

Heracles

Por Marta Poza Yagüe

Pocos héroes y dioses de la antigüedad pagana gozaron de mayor fortuna a lo largo de los siglos que el legendario Herakles / Hércules.

Hijo de un dios (Zeus) y de una mortal (Alcmena), sus hazañas le hicieron merecedor de la inmortalidad para sus compatriotas, premio que todavía se engrandeció entre los romanos, quienes decidieron deificarlo. Con el advenimiento del Cristianismo y su conversión en religión oficial del Imperio, su estrella, lejos de apagarse, continuó brillando con mayor fuerza aún. Convenientemente moralizado por los teólogos medievales, su vida y sus batallas le convirtieron en paradigma del caballero cristiano, llegando incluso, en los escritos más radicales, a ser comparado con el propio Cristo. El proceso, aprovechado tanto por estadistas como por religiosos, no era demasiado complicado.

Hércules se había ganado la fama gracias a su triunfo en las doce complicadas pruebas que le había impuesto Euristeo, rey de Tirinto, misiones que habían librado a la sociedad de alguno de sus peligros más amenazadores. Desde el punto de vista político, su fortaleza, prudencia y sagacidad, virtudes que le habían llevado a la victoria, fueron interpretadas como los valores necesarios que deberían revestir a todo buen gobernante. Resultan esclarecedores dos conocidos ejemplos que, no por distantes en el tiempo, dejan de ser testimonios de una corriente de pensamiento paralela. En el último cuarto del siglo ii d. C., el emperador Cómodo se hizo retratar representado con los atributos del héroe argivo. Su intención, la de parangonar los triunfos de Hércules con sus propios éxitos como gobernador del Imperio. Catorce siglos más tarde, un espíritu similar es el que auspiciará el encargo a Zurbarán de doce grandes lienzos, uno por cada uno de los conocidos trabajos, destinados al Salón de Reinos del Buen Retiro, estancia palatina cuyo programa decorativo estaba orientado a la glorificación de la Monarquía Hispánica y de sus propios regentes. Como si de un nuevo Hércules se tratase, serían la virtud, la inteligencia y la prudencia de Felipe IV los valores que garantizarían la perfecta gobernabilidad del Reino.

Desde el punto de vista religioso, la asimilación no fue mucho más complicada. Por una parte estaban los sucesos de las vidas de Hércules y de Cristo que podían ponerse en paralelo. Al igual que Cristo, quien durante su vida en la tierra luchó contra la tentación y el pecado, después de morir descendió a los infiernos y al final resucitó y ascendió a los cielos, también Hércules se enfrentó y venció al mal, penetró en el tenebroso Averno y, tras su muerte, fue recibido como premio en el cielo entre los dioses olímpicos donde fue convertido en inmortal. Además, sus doce pruebas fueron interpretadas en clave alegórica como el combate entre el Bien y el Mal que debía de librarse necesariamente en el alma de todo buen cristiano, proponiéndose por tanto como modelo y paradigma de conducta. No debe de extrañar, por tanto, que su imagen aparezca en testimonios plásticos tan representativos del arte cristiano como la Cátedra de San Pedro (tercer cuarto del siglo ix), magnífico sitial de marfil que se encontraba en el Vaticano, donde era interpretado como el supuesto trono del primer papa, y que contaba entre sus decoraciones con unas plaquitas ebúrneas cuyos relieves relataban los famosos doce trabajos. Por poner sólo un ejemplo más, esta vez del ámbito hispano, su figura es la que aparece por duplicado en dos capiteles románicos de la iglesia alta del castillo aragonés de Loarre, datados en los años finales del siglo xi.

Pero lo más importante es que, sea cual sea la fecha en la que la imagen de Hércules es reproducida por un artista sobre cualquier soporte, su iconografía es siempre la misma. Codificada desde la antigüedad grecolatina, nos muestra a un varón de recia anatomía que, barbado en unas ocasiones, imberbe en otras, porta en una de sus manos la clava o maza de madera de olivo que él mismo se construyó, mientras que de uno de sus hombros (pudiendo incluso llegar a rodear la cabeza) cuelga la piel del famoso León de Nemea, la terrorífica bestia que tuvo que abatir en su primer trabajo.

En el ejemplo que aquí proponemos, copia romana de un antiguo original griego del período clásico, además de estos dos aditamentos se ha añadido un tercero, una pequeña fruta esférica, en alusión al penúltimo de sus encargos: la recuperación de Las manzanas del Jardín de las Hespérides.

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