Cine y televisión
Por Carlos Jiménez
Si hay una figura de culto en el cine español esa es sin duda la de Iván Zulueta (San Sebastián, 1943). Apartado desde hace décadas de los platós y recluido en la casa familiar de San Sebastián, este excepcional director donostiarra sigue ejerciendo desde la distancia remota de su retiro una atracción magnética arrolladora sobre todos aquellos que desde el primer fotograma fueron seducidos por su obra. Entre las claves de esta poderosa fascinación figura en primer lugar su película Arrebato, estrenada en 1979, que removió los cimientos del cine español entonces existente con su extraña e inquietante indagación en las posibilidades extremas de la escopofilia y en los vasos comunicantes entre el vampirismo al que quedan expuestos tanto quienes se abandonan al consumo compulsivo de imágenes como quienes caen en ese mismo abandono ante las drogas. También impactó la insólita mezcla que realiza la película entre el cine de súper 8, el cine de aficionado, y el cine de 35 milímetros, el cine profesional, el cine de autor. Esa mezcla de medios anticipó lo que ya es un lugar común del cine actual: el collage de película, vídeo e imágenes televisivas.
Pero en el momento de su estreno y de la primera fase de circulación comercial de Arrebato sus espectadores más entusiastas quedaron igualmente atrapados por la personalidad de su director que, como tantos otros de sus compañeros de generación, estaba comprometido hasta los tuétanos en la aventura de cambiar la vida para cambiar el mundo. Eran los años setenta, la guerra de Vietnam, el Eros y civilización de Herbert Marcuse, la Flower Generation, el LSD, las enseñanzas psicodélicas de Timothy O’ Leary y las místicas de Don Juan. Y en España, la muerte de Franco, la transición a la democracia y el desencanto inmediato de una juventud ante un cambio de rumbo político gradual y consensuado que saciaba en poco o en nada su «sed de infinito». La exaltación y el desafuero de esos jóvenes quedaron condensados en estos versos memorables de Jaime Gil de Biedma: «Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante». Y su decepción encontró en el malditismo y la marginalidad cultivada y finalmente asumida por Zulueta una manera de representarse y tomar cuerpo. Zulueta, por su parte, enfrentó sus pulsiones autodestructivas y su marginación de la industria del cine mediante la producción infatigable de imágenes. De hecho, aparte de sus dos largo metrajes: Un, dos, tres al escondite inglés y de Arrebato, él ha realizado 21 cortometrajes, dos episodios de seriales televisivos, 25 carteles cinematográficos, numerosos dibujos y una verdaderamente incalculable cantidad de fotografías.
En ese torrente inagotable de imágenes campa la inclinación de Zulueta por el emborronamiento de las figuras y las iluminaciones turbias y su afición por las películas de terror y las musicales. Campa también una imaginación tan demoníaca como la de los niños o la de los extasiados.