ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La Misa de San Gregorio era un tema muy frecuente en el mundo cristiano medieval. Maestros flamencos como el De la Flemalle (Robert Campin) parece que se encargaron de crear un prototipo de gran éxito, imitado en toda Europa, incluida la España de finales del siglo xv (Pedro Berruguete o Diego de la Cruz, por ejemplo). En sus composiciones, un Cristode Piedad de cuerpo entero, saliendo del sepulcro y rodeado de los instrumentos de la Pasión, se aparece sobre el altar. Es el modelo que elige para su versión Adriaen de Isenbrandt, un pintor documentado en Brujas entre 1510 y 1540, alumno de Gerard David. En ella, el papa Gregorio I (m. 604), arrodillado ante el altar, se dispone a celebrar la Eucaristía cuando de pronto se hacen realidad las palabras del Evangelio al consagrar el pan y el vino: «Éste es mi cuerpo, Ésta es mi sangre». Cristo sale en carne y hueso de su sepulcro y la sangre que le mana del costado se derrama sobre el cáliz que hay en el altar —del que ha eliminado los símbolos de la Pasión—. De aquel prodigioso hecho, que Isenbrandt sitúa en una espléndida arquitectura ya renacentista, y del que sólo fue testigo el papa, ninguno de los diáconos parece enterarse.
Pero existía una variante de esa composición, la que vemos en las puertas del Tríptico de la Epifanía de El Bosco, realizado hacia 1510. Aquí, Cristo aparece de medio cuerpo, con la cabeza ligeramente ladeada y con las manos cruzadas ante el vientre, la iconografía bizantina por excelencia del Varón de Dolores. La leyenda apócrifa de la aparición sitúa el milagro precisamente en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, donde se encontraba desde 1386 el famoso icono bizantino con la La última humillación (Akra Tapeinosis) del que ya hablamos. Al incluir en las composiciones la imagen de ese icono probablemente se perseguía dar mayor verosimilitud al hecho milagroso protagonizado por San Gregorio y, al mismo tiempo, reforzar el misterio de la Transubstanciación, cuestionado por algunos teólogos de la época.
El Bosco, como es habitual, nos presenta un escenario insólito y misterioso. De la escena del milagro pintada en grisalla, destacan dos personajes vestidos de negro y tocados con bonetes negro y rojo, que según algunas teorías serían el donante del tríptico o su padre. En el arco del fondo representa todas las escenas de la Pasión, desde la Oración en el Monte de los Olivos hasta la Crucifixión como remate superior.
Esta variante se difundió por Europa desde finales del siglo xv hasta bien entrado el xvi, en forma de miniaturas, en los libros de horas realizados en Flandes, o de grabados, muchos incluidos en los libros de indulgencias, cuyos textos, dicho sea de paso, no se ponían de acuerdo en el escenario del prodigio, en función de la iglesia romana a la que quisieran atraer las peregrinaciones (la del Panteón o la basílica de San Sebastián también se citan).