ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En esta tabla del siglo xv la parte superior hace alusión a la visita que realizó San Sebastián a San Marcos y a Marceliano, presos en la cárcel, para animarles en su penuria con la intención de que sus creencias cristianas no se alterasen, frente a las súplicas y lloros de la gente reunida a los pies de su celda para que cejasen en su actitud y así recobraran su libertad.
En la parte inferior se alude a uno de los temas que más controversias creó en la Edad Media. El tema de las imágenes y la idolatría. No hubo duda alguna frente al rechazo que desde la Iglesia siempre hubo hacia el culto a los ídolos, cuya condena quedaba resuelta en el propio rechazo mostrado en el Antiguo Testamento por Moisés frente a la adoración que algunos judíos mostraron hacia el vellocino de oro durante su ausencia.
El cristianismo no dudó en hacer uso de las imágenes con un sentido simbólico y como medio de guiar a los fieles iletrados incapaces de poder acceder a los textos escritos. El problema se agudizó con la llegada del islam a partir del siglo vii. Los judíos siempre mostraron su más profundo rechazo a la utilización religiosa de las imágenes, a lo que se unieron sin ambages los musulmanes, al no tolerar bajo ningún concepto la representación figurada de la divinidad.
La postura islámica al respecto produjo grandes tensiones en el cristianismo, siendo especialmente fuertes las sucedidas en Bizancio, donde se desató una fuerte controversia en torno a la utilización de imágenes en el ámbito sagrado, iconos, entre los defensores de las imágenes (iconódulos) y los que se oponían a su presencia abogando por su destrucción (iconoclastas). El periodo iconoclasta en Bizancio se inicio en el año 725 cuando León III el Isáurico mandó destruir la imagen de Cristo que había en la entrada del palacio de Constantinopla.
La guerra contra las imágenes se continuó con altibajos hasta la muerte del emperador Teófilo en el 842, y la vuelta a la ortodoxia y al culto de las imágenes se produjo un año más tarde en tiempos del emperador niño Miguel III y de su madre regente Teodora. Importantes hombres de iglesia defendieron en concilios sus diferentes posturas durante todo este tiempo, entre los que destaca el II Concilio de Nicea, en tiempos de la emperatriz Irene, en cuya cuarta sesión (octubre del año 787) se proclamó la conveniencia de la utilización de las imágenes como objetos de veneración, pero no de adoración o culto.
En Occidente no se produjo semejante controversia ni tampoco hubo una persecución de las imágenes, aunque ciertamente también existió una crítica hacia su utilización en el ámbito de lo sagrado, siendo buen ejemplo de ello la Iglesia altomedieval hispana, en cuyos templos se prefirió representar la divinidad mediante símbolos propiciatorios, entre los que sobresalió de forma destacada la cruz desnuda, en ocasiones, provista con el alfa y el omega, tal como se observa, por ejemplo, en el prerrománico asturiano.