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Martes, 2 de noviembre de 2004

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ARTE / Claroscuro

Bizancio y Occidente. La reconciliación (I)

Por Susana Calvo Capilla

Los contactos artísticos y culturales de Bizancio con Occidente se intensificaron en sus últimos siglos de existencia, desde 1261, momento en que la dinastía de los Paleólogos recupera Constantinopla y reinstaura el Imperio, tras el paréntesis de más de cincuenta años de ocupación de los Cruzados (el llamado Imperio Latino), hasta 1453 en que los turcos toman la capital y destronan a Constantino XI.

En ese tiempo, se multiplicaron los esfuerzos por reunir las dos iglesias, la griega y la latina, o lo que es igual, la ortodoxa y la católica, mediante encuentros al más alto nivel, entre emperadores y papas: Miguel VIII y Gregorio X en 1274, en el Concilio de Lyon, o Juan VIII y Eugenio IV en 1438-1439, en el Concilio de Ferrara-Florencia, donde se logró finalmente la unión, si bien ésta fue efímera. Juan VIII Paleólogo había llegado a Italia acompañado de intelectuales de la talla de Bessarion, metropolitano de Nicea, un defensor a ultranza de la conciliación. Pero Bizancio buscaba en estos encuentros algo más que un acuerdo religioso; al igual que Juan VIII, Manuel II había visitado en 1399-1405 Roma, París y Londres en demanda de ayuda para detener el inexorable avance de las tropas turcas.

Uno de los protagonistas de esos intercambios fue precisamente Bessarion, nombrado cardenal de la Iglesia Católica en 1439. Este prelado, nacido en Trebisonda y educado en Constantinopla, se quedó en Roma y allí murió en 1472. Era un hombre erudito, insigne bibliófilo y coleccionista de iconos y de obras de arte. Su magnífica colección de manuscritos griegos constituye el núcleo esencial de la Biblioteca Marciana de Venecia, mientras que otros objetos que le pertenecieron se hallan hoy en diversos museos del mundo.

La iconografía religiosa fue uno de los aspectos más claros de la influencia del arte bizantino en Occidente. Temas como la «Virgen de la Ternura» o «de la Compasión» (Eleousa) y la «Virgen que muestra el camino» (Hodigitria), aunque adaptados por los maestros europeos, tenían su origen en sendos iconos constantinopolitanos muy venerados. Ambos se sacaban en procesión cada viernes, en una fiesta instituida por Juan II (m. 1143). El icono con la Theotokos (Virgen Madre) Hodigitria, protector de la ciudad, se creía que reproducía el verdadero rostro de María, retratada por San Lucas antes de morir.

En cuanto a la «Virgen de la Leche» o Maria Lactans, como la del Museo del Prado, se vincula a la Virgen Galactotrophousa bizantina. La deliciosa tabla firmada por Bartolomeus en su borde inferior, un maestro castellano activo a finales del siglo xv que suele vincularse al círculo de Fernando Gallego, nos muestra a María amamantando al Niño en una actitud amorosa y ensimismada, mientras que éste juguetea con su collar. El uso de la técnica al óleo, de la que este maestro hace un alarde en las veladuras del fino paño que cubre al Niño, permitía a los pintores nórdicos e hispanoflamencos interpretar con mayor libertad los prototipos bizantinos, aquellos iconos pintados al temple sobre tabla o realizados en micro-mosaicos y orfebrería.

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