ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
En el año 480 a. C., los ejércitos persas saquean y destruyen los templos de la Acrópolis de Atenas, entre los que se encontraban dos dedicados a la diosa Palas Atenea, la virgen guerrera que había nacido directamente de la cabeza de Zeus.
Con el cese de las hostilidades y el ascenso al poder de Pericles a mediados de la centuria, el gran político ateniense se erige en el promotor de un ambicioso programa de reconstrucción general que dotase a la ciudad de un nuevo espacio representativo. Contando con la participación de los mejores artistas del momento, las obras arquitectónicas y escultóricas que se llevarán a cabo para la Acrópolis ateniense en la segunda mitad del siglo v a. C., conducirán el arte griego a unas cotas de perfección y equilibrio que difícilmente podrán ser alcanzadas ni igualadas en siglos sucesivos.
Objetivo prioritario fue la construcción del Partenón, el destruido templo de Atenea Parthenos, dominando el flanco meridional de la colina. De estilo dórico levantado entre el 447 y el 432 a. C., y empleándose para ello mármol blanco de las canteras del Pentélico, las labores arquitectónicas recayeron en los arquitectos Ictinos y Calícrates, quienes trabajaron bajo la supervisión de Fidias. Este último, máximo exponente de la escultura ática del período clásico, coordinó además el vasto programa escultórico que decoraría el templo participando, incluso, en la ejecución de alguno de los relieves.
Pero su gran obra, aquella por la que fue merecedor de reconocimiento tanto en su tiempo como durante toda la época antigua, fue la colosal imagen de la diosa destinada a ser colocada en la naos o cámara principal del templo.
Con una altura aproximada de doce metros, y realizada íntegramente en marfil y oro (criselefantina), su fama fue tal que fue reproducida innumerables veces, tanto en esculturas de menor tamaño, como en monedas y otros objetos. Una de esas copias, obra romana de mediados del siglo ii d. C., es la expuesta en el Museo del Prado. Aunque conservada en estado fragmentario, no es difícil conocer cómo sería en origen, dado que contamos con la descripción que hizo del original fidiaco el geógrafo Pausanias en el siglo ii de nuestra era. De su visita al Partenón nos relata:
La imagen está hecha de marfil y oro. En medio del casco hay una figura de la Esfinge, y a uno y otro lado del yelmo hay grifos esculpidos en relieve. Estos grifos dice Aristeas de Proconeso en sus versos que lucharon por el oro con los arimaspos de más allá de los isedones; y que el oro que guardan los grifos nace de la tierra. Los arimaspos son todos hombres de un solo ojo desde su nacimiento, y los grifos unos animales parecidos a leones con alas y pico de águila.
La estatua de Atenea es de pie con manto hasta los pies, y en su pecho tiene insertada la cabeza de la Medusa de marfil; tiene una Niké [victoria alada] de aproximadamente cuatro codos y en la mano una lanza; hay un escudo junto a sus pies y cerca de la lanza una serpiente; esta serpiente podría ser Erictonio. En la base de la estatua está esculpido el nacimiento de Pandora. (Pausanias, Descripción de Grecia, I: 24, 5-7).
Aún realizará Fidias una segunda imagen criselefantina monumental. Perdida como la primera, y considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo, fue la que representó a Zeus, destinada al templo dedicado al dios en el santuario de Olimpia.